“De los creadores de que la educación pública en México es ‘excelente’, según la propia Claudia Sheinbaum… mientras muchos de quienes sostienen ese discurso optan por escuelas privadas para sus propios hijos. De los creadores de ‘no pasa nada’, mientras una pandemia exhibía las carencias del sistema de salud… De los creadores de ‘primero los pobres’, aunque la realidad cotidiana diga otra cosa…” Llega ahora: “usen gasolina verde”.
La recomendación no es un simple comentario técnico. Es, en realidad, un síntoma. Un reflejo de esa distancia —cada vez más evidente— entre quienes gobiernan y quienes sobreviven. Porque en el México real, ese donde no hay choferes ni camionetas blindadas para todos, sin vales de gasolina ni gastos cubiertos, la gasolina no es una elección de color: es una batalla diaria contra el precio. Y sí, la gasolina “verde” puede ser unos pesos más barata.
Pero cuando el problema es estructural, cuando el ingreso no alcanza, cuando la inflación aprieta, sugerir “elige la más económica” suena menos a solución y más a evasión. Si no alcanza para los medicamentos, ¿qué hace una persona? ¿pospone su tratamiento? Si no alcanza para la renta, ¿qué opción real tiene una familia? Si no alcanza para la comida, ¿en qué más se recorta sin poner en riesgo la salud? Ese es el fondo del problema cuando desde el poder se plantean soluciones que no resuelven nada. No se trata de elegir entre gasolina verde o roja. Se trata de que hay millones de mexicanos que ya no tienen margen para elegir absolutamente nada. Porque gobernar no es dar consejos. Gobernar es hacerse cargo.

