
Felipe León López
Las relaciones México-Estados Unidos entrarán
en una nueva etapa una vez confirmada la victoria del demócrata Joe Biden. Y
será muy diferente a otras porque hay varios mensajes políticos que así lo
están marcando y a los que poco se ha puesto atención.
El principal, que el presidente mexicano se
negó a la salutación internacional argumentado ser “mesurado” hasta esperar los
resultados legales y con ello, ingenua o deliberadamente, hizo suyo el discurso
político de Donald Trump del fraude electoral contrario a su supuesto
“posicionamiento”. El segundo, que el próximo mandatario estadounidense llega
con una agenda de prioridades por encima de cualquier otro país, el mandato
ciudadano de hacerle frente a la emergencia sanitaria desatada por la pandemia
y contener los efectos directos a la economía y el empleo. Tercero, que veremos
otro ajuste a varias de las decisiones tomadas por la administración
republicana (entre ellas el T-MEC y otros acuerdos comerciales), el
multilateralismo con Europa (sus aliados y cómo operar con China o Rusia) y la
emergencia climática mundial (léase, retomar el impulso de las energías
limpias). Y cuarto, la seguridad regional, que nos incluye y que habrá de hacernos
cumplir desde asuntos como el combate al tráfico de estupefacientes y los
controles migratorios, hasta la Carta Democrática Interamericana.
¿Cuántos de estos asuntos tienen puntos de
coincidencia con el proyecto de la autollamada “Cuarta Transformación”? Muy
pocos, si pensamos rápido, y quizá muchos más si comenzamos a desglosarlos uno
por uno.
El error táctico y diplomático de no saludar al
nuevo presidente tendrá costos políticos, quizás en el trato hacia el propio mandatario
mexicano y hasta en las formas para los actuales funcionarios (empezando por el
propio canciller Marcelo Ebrard, quien desdeñó dos veces a la poderosa
demócrata Nancy Pelosi: al no invitarla a la transición de poderes en México, y
al no agendar una reunión en la única visita de AMLO a EEUU.
En el pasado inmediato, allá por septiembre de
2006, el gobierno de George W. Bush —para sortear los errores cometidos por la
guerra de Irak y su mala imagen por los escándalos de corrupción de sus
principales asesores— tomó “la amenaza de la invasión subterránea de los
mexicanos” como bandera política interna para así revertir su mala reputación.
Fue así como los republicanos cobraron caro el poco
tacto de la Secretaría de Relaciones Exteriores de Vicente Fox, al no enviar oportunamente
un mensaje solidario por el 11-S, y
aprobaron diversos proyectos de ley antiinmigrante, como otorgar a las
autoridades policiales locales facultades de agentes federales para arrestar y
deportar a los indocumentados. Pero sin duda la más ofensiva fue la
construcción de un muro de contención para “salvar” a su país de la violencia
fronteriza y de las amenazas a su “identidad nacional”. Las consecuencias no
quedaron ahí, pues también el 11-S
vino a cambiar la política de “seguridad hemisférica” de EEUU e incidió de
manera directa sobre la política de seguridad de los gobiernos mexicanos, con
las consabidas consecuencias hasta nuestros días.
El momento por el que pasa Estados Unidos impacta
al mundo, pero más a México, pues el vínculo bilateral sigue siendo muy fuerte
para ambas naciones, a pesar de nuestras diferencias, de nuestros intereses y
nuestras culturas.
Los aduladores del régimen de la 4T apuntan que
AMLO supo “torear”, “sortear”, “maniobrar” e incluso “domar” al radical ultraderechista
Donald Trump; sin embargo, sus detractores opinan lo contrario y hasta se dicen
sorprendidos por su inexplicable condescendencia (y algunos hasta lo
calificaron de “entreguista”) hacia el republicano a pesar de las campañas de
opinadores y medios antimexicanos en su país –e incluso en el nuestro también siguen
espacios privilegiados— y el reiterado anuncio del muro pagado por nosotros y
el despliegue de la Guardia Nacional, militares y marinos para ser el “muro
humano” de la frontera sur. Ni hablar de la masacre de El Paso del 3 de agosto
de 2019, donde el criminal fue directo sobre nuestra gente.
El exembajador de Estados Unidos en México, Jeffrey
Davidow, quien este fin de semana publicara un demoledor artículo en Reforma sobre el similar estilo entre
Donald Trump y AMLO, hace años publicó un libro testimonial sobre su paso por
nuestro país: El Oso y el Puerco Espín. Inicia con una fábula para hacer la analogía
entre los dos animales. El oso es un animal fuerte, grande y torpe, el cual
pasa largos periodos de hibernación sin darse cuenta que su vecino es un
puercoespín, un animal pequeño y a veces temeroso que, a pesar de su aparente
vulnerabilidad, tiene espinas que lo protegen de una posible embestida. Así es
la convivencia entre ambos, el oso no va más allá y el puercoespín tampoco anda
provocándolo para punzarle sus espinas, así tenga las de perder.
Los temas de la agenda bilateral en la nueva
era de las relaciones México-Estados Unidos serán complicados, dado el contexto
y las prioridades del vecino país del norte. Las señales que mandan los medios
y políticos demócratas al gobierno mexicano de AMLO no son dóciles, amables y
menos diplomáticas. Hay problemas, pero el oso no atacará al puercoespín; simplemente
esperará el momento de hacerle sentir su molestia. ¿Lo estarán analizando en
Palacio Nacional?
Octavio Paz, en Tiempo Nublado, refería que México y EUA somos dos versiones
distintas de la civilización de occidente, tan diferentes y tan cercanos:
“Nuestros países son vecinos y están condenados
a vivir el uno al lado del otro; sin embargo, más que por fronteras físicas y
políticas, están separados por diferencias sociales, económicas y psíquicas muy
profundas. Esas diferencias saltan a la vista y una mirada superficial podría
reducirlas a la conocida oposición entre desarrollo y subdesarrollo, riqueza y
pobreza, poderío y debilidad, dominación y dependencia. Pero la diferencia de
veras básica es invisible; además, quizás es infranqueable. Para comprobar que
no pertenece al dominio de la economía ni del poderío político, basta con
imaginar a un México de pronto convertido en un país próspero y pujante, una
superpotencia como Estados Unidos: las diferencias lejos de desaparecer serían
más netas y acusadas. La razón es clara: estas diferencias no son únicamente cuantitativas,
sino que pertenecen al orden de las civilizaciones. Lo que nos separa es
aquello mismo que nos une: somos dos versiones distintas de la civilización de
occidente”.
Contacto: feleon_2000@yahoo.com