Por Armando Guzmán
Hoy quiero hablarles de un tema que genera preguntas a ambos lados de la frontera: la elección del próximo mes en Estados Unidos. Pero más allá de quién gane la Casa Blanca o quién controle el Congreso, la pregunta de fondo es otra: ¿qué pasará con la relación entre Washington y México?
Durante décadas, la respuesta dependía en gran medida del partido en el poder. Demócratas y republicanos tenían enfoques distintos sobre la cooperación bilateral, la migración, la seguridad fronteriza, el combate al narcotráfico y el desarrollo económico. Había diferencias reales y visibles.
Hoy ya no tanto.
Algo cambió en Washington. Y cambió profundamente.
La pérdida de confianza entre ambos gobiernos ha producido un fenómeno poco común en la política estadounidense: demócratas y republicanos coinciden cada vez más en un diagnóstico. Ambos ven a los cárteles mexicanos como una amenaza directa a la seguridad nacional de Estados Unidos. Ambos consideran que el tráfico de fentanilo representa una emergencia de salud pública. Y ambos observan con creciente preocupación lo que perciben como protección política, corrupción e impunidad alrededor del crimen organizado en México.
Esa coincidencia importa.
Porque significa que la política hacia México en materia de seguridad dejó de depender exclusivamente del partido que ocupe la Casa Blanca. Aquí, en Washington, se habla cada vez más de una política anti-cártel que ya se "institucionalizó"
En otras palabras, ya no es una cruzada de un presidente ni una bandera electoral de un partido. Es una política impulsada por agencias federales, fiscales, legisladores, la DEA, el Departamento de Justicia y una presión pública constante derivada de la crisis del fentanilo.
Es una maquinaria que seguirá funcionando aun cuando cambien los ocupantes de los cargos políticos.
Por eso, mi conclusión es sencilla: no importa quién gane en noviembre. Si ganan los demócratas o si ganan los republicanos, la desconfianza hacia México seguirá siendo un componente central de la relación bilateral.
¿Cambiará el tono? Posiblemente.
¿Cambiarán algunos instrumentos? Quizás también.
Pero el fondo de la política permanecerá prácticamente intacto.
Y aquí viene la parte delicada.
Estados Unidos necesita la cooperación de México para combatir a los cárteles. Pero México también necesita la cooperación de Estados Unidos para contener una amenaza criminal que hace tiempo dejó de reconocer fronteras.
Por eso, cualquier estrategia tendrá que manejarse con pinzas. Si México decidiera cerrarse, reducir la cooperación o convertir este tema en una batalla política, el problema no desaparecería. Simplemente se volvería más difícil de resolver para ambos países.
La realidad es incómoda: la desconfianza crece en Washington y también crece en México. Y cuando dos socios estratégicos comienzan a desconfiar uno del otro, las soluciones se vuelven más complejas, más lentas y más costosas.
Esa es, la verdadera noticia detrás de la elección estadounidense: gane quien gane, la política hacia México ya tiene vida propia. Además, hay que recordar que este ambiente negativo va a continuar, porque a Donald Trump aun con un congreso demócrata, le quedan más de dos años de gobierno.

