La historia del crimen organizado en México no puede entenderse como un fenómeno aislado o meramente delictivo. Sus raíces se remontan al siglo pasado, en un contexto marcado por intereses internacionales, particularmente de Estados Unidos, cuya demanda de estupefacientes, como la marihuana, durante periodos bélicos incentivó su producción en territorio mexicano.
Este origen no es menor. Nos recuerda que las guerras no solo implican disputas territoriales o ideológicas, sino que también sostienen dinámicas económicas ligadas al capitalismo. No resulta casual que, hasta hoy, uno de los principales consumidores de drogas producidas en México continúe siendo el mercado estadounidense.
Desde esta perspectiva, afirmar que "en política nada es casualidad" cobra un peso particular. Para comprender la complejidad del fenómeno, resulta pertinente analizarlo a partir de dos conceptos clave: el capitalismo gore y la necropolítica.
El término capitalismo gore, propuesto por Sayak Valencia, permite entender cómo la violencia extrema se inserta en las lógicas del mercado. No se trata únicamente de criminalidad, sino de una forma de producción económica donde la sangre, los cuerpos y la muerte se convierten en mercancía. En este esquema, prácticas como el narcotráfico, la trata o la violencia sistemática dejan de ser anomalías para convertirse enexpresiones radicalizadas del propio sistema capitalista.
Por su parte, la necropolítica concepto desarrollado originalmente por Achille Mbembe y retomado por Valencia alude a las formas en que el poder decide quién puede vivir y quién debe morir. En el contexto mexicano, esto se traduce en territorios donde la vida pierde valor frente a intereses económicos, y donde tanto el Estado como actores no estatales ejercen control sobre la muerte como mecanismo de dominación.
Así, el crimen organizado deja de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un engranaje más dentro de una economía global que se nutre de la violencia. En palabras del enfoque del capitalismo gore, la muerte no solo se administra: se produce, se distribuye y se consume.
En este escenario, las declaraciones recientes de Javier Milei, quien ha calificado a organizaciones como el Cártel Jalisco Nueva Generación como "terroristas", generan preocupación sobre el uso del lenguaje político y sus implicaciones. Nombrar al crimen organizado como terrorismo no es un gesto menor: implica trasladar el fenómeno a un marco de seguridad internacional, habilitando discursos, estrategias y posibles intervenciones que van más allá del combate tradicional al narcotráfico: Justo lo que Donald Trump necesita en este momento.
Sin embargo, desde la óptica del capitalismo gore, esta clasificación podría resultar insuficiente o incluso reduccionista. Si bien los métodos del crimen organizado pueden coincidir con prácticas asociadas al terrorismo (violencia extrema, control territorial, generación de miedo), su lógica central sigue profundamente vinculada al mercado y a la economía global de consumo. Es decir, no operan únicamente por motivos ideológicos, sino como actores insertos en circuitos económicos que trascienden fronteras.
Asimismo, desde la necropolítica, el énfasis no estaría solo en cómo se nombra a estos grupos, sino en cómo se administra la vida y la muerte en los territorios donde operan. La etiqueta de "terrorista" puede visibilizar la gravedad de la violencia, pero también corre el riesgo de simplificar un fenómeno estructural que involucra tanto dinámicas estatales como intereses económicos internacionales.
El debate sobre si organizaciones como el CJNG deben ser consideradas terroristas revela algo más profundo: la disputa por el significado de la violencia. Pensar el crimen organizado desde el capitalismo gore y la necropolítica implica reconocer una verdad incómoda: no estamos frente a una anomalía del sistema, sino ante una de sus expresiones más crudas. Mientras el mercado global continúe demandando estos circuitos y el poder siga gestionando la vida de manera desigual, cambiar las etiquetas no será suficiente. El reto, en todo caso, es transformar las estructuras que hacen posible esta violencia.

