Por Cindy Pulido
Hay algo profundamente doloroso en la historia de Valeria Márquez que va más allá de la brutalidad con la que fue asesinada y eso es la historia que construimos alrededor de su muerte.
Valeria tenía apenas 23 años cuando fue asesinada durante una transmisión en vivo desde su salón de belleza en Zapopan, Jalisco. La Fiscalía comenzó a investigar el caso bajo el protocolo de feminicidio y, durante los primeros días, mientras las autoridades intentaban reconstruir lo ocurrido, internet ya había encontrado a una culpable.
No había sentencia. No había una conclusión de la investigación. No había pruebas públicas suficientes para afirmar quién había ordenado o participado en el crimen, pero sí había una mujer:
Su amiga Vivian.
Y con ella apareció una narrativa que conocemos demasiado bien: la amiga que envidia, la amiga que compite, la amiga que quiere tener su vida, su belleza, su cuerpo, su ropa, su dinero, su atención.
“Le tenía envidia”.
“Ella quería ser Valeria”.
“Quería tener lo que Valeria tenía”.
Me resulta risible que incluso hubo quienes llegaron a interpretar fotografías antiguas, cambios físicos, gestos frente a una cámara y fragmentos de transmisiones anteriores como evidencia de una supuesta rivalidad. Algunos medios recogieron y difundieron esas teorías, mientras las redes sociales las multiplicaban.
Hace apenas unos días, la investigación avanzó y curiosamente la “novela” que durante años se había construido en redes comenzó a caerse a pedazos.
Más de un año después del asesinato, las autoridades confirmaron la participación de un hombre relacionado con una estructura criminal. Omar García Harfuch señaló la implicación del hijo de Ramón Álvarez Ayala, alias R1, y posteriormente fue detenido Iván Martín N., señalado por su participación en el feminicidio.
Y esta actualización de la investigación, entonces, nos obliga a mirar hacia otro lugar… Ojo, no para declarar inocente o culpable a nadie y menos desde una columna periodística (eso corresponde a las autoridades y a los tribunales), sino para preguntarnos algo mucho más elemental:
¿Por qué necesitamos tanto que una mujer sea la enemiga de otra mujer? Y aquí me gustaría retomar el término “subjetividad necropolítica” que he venido mencionando en varias columnas anteriores… Es decir, los medios (y en este caso, las redes) amplifican el mensaje de quién es culpable y quien merece morir.
Sobre la “enemistad de las mujeres”
Desde pequeñas aprendemos una historia que parece inofensiva, pero que se repite una y otra vez: Que las niñas compiten, que las mujeres son envidiosas, que entre mujeres no existe la amistad verdadera, que si una mujer es bonita, otra necesariamente quiere ser como ella, que si una tiene éxito, seguramente habrá otra esperando verla caer.
Que detrás de una sonrisa femenina siempre puede esconderse la envidia…
Y creo un poco que es por eso que cuando una mujer es asesinada y existe otra mujer cerca de la escena, la imaginación colectiva encuentra rápidamente una explicación que ya conocemos “seguro fue por envidia”.
Lo terrible es que esa frase no solamente acusa a una persona. También reproduce una idea mucho más profunda: que las mujeres somos incapaces de construir vínculos sin competir, como si la amistad entre dos mujeres fuera siempre una tregua temporal y esto es preocupante cuando ocurre alrededor de un feminicidio.
Así entonces, mientras buscamos a “la mala amiga”, se desplaza la mirada del verdadero problema: la violencia contra las mujeres.
En el caso de Valeria, sus amigas fueron entrevistadas por la Fiscalía como parte de las diligencias para esclarecer los hechos. Eso era exactamente lo que debía ocurrir: investigar a todas las personas relacionadas con la víctima, sin convertir esa investigación en una condena pública.
No quiero caer en el extremo contrario, es decir, claro que existen mujeres que hacen daño, existen mujeres violentas, existen mujeres capaces de cometer delitos, de traicionar, de manipular y de asesinar, así pues, negarlo sería absurdo.
Pero reconocerlo no significa aceptar que cada vez que una mujer aparece cerca de otra víctima debemos convertirla automáticamente en sospechosa, culpable y enemiga.
En el caso de Vivian, hubo una investigación precisamente porque era necesario esclarecer si tenía algún vínculo con lo ocurrido. Pero de ahí a convertir las especulaciones de miles de usuarios en una sentencia hay un abismo.
La pregunta es por qué, cuando ocurre una tragedia, una de nuestras primeras explicaciones suele inclinarse de inmediato a que otra mujer sea la villana, ¿Por qué necesitamos imaginar que detrás de una mujer asesinada hay otra mujer que la envidiaba? ¿Por qué nos cuesta tanto imaginar una amistad genuina entre dos mujeres? ¿Por qué interpretamos la belleza de una como una amenaza para la otra? ¿Por qué una mujer que cambia su apariencia tiene que estar intentando parecerse a su amiga? ¿Por qué dos mujeres no pueden simplemente quererse, admirarse, pelearse, reconciliarse y volver a quererse sin que todo eso tenga que convertirse en una competencia?
Valeria y Vivian incluso habían compartido públicamente momentos de amistad y habían hablado de una reconciliación después de una etapa en la que estuvieron distanciadas.
Lo cual también forma parte de las relaciones humanas, porque las amigas pueden pelear, pueden reconciliarse, pueden decepcionarse, pueden alejarse, pueden amarse profundamente y ninguna de esas posibilidades convierte automáticamente una amistad en una conspiración.
Valeria Márquez merece ser recordada por su vida, no solamente por la transmisión en la que fue asesinada… Y quienes estuvieron cerca de ella merecen ser investigados cuando existan razones para hacerlo, pero no condenados por una multitud que decidió interpretar fotografías, gestos y rumores como pruebas.
Porque una cosa es exigir justicia y otra muy distinta es fabricar culpables, lo cual resulta muy fácil desde los comentarios de una red social.
Quizá ya es momento de dejar de enseñarles a las niñas que su compañera es una rival. Dejar de repetir que las mujeres no podemos alegrarnos genuinamente por el éxito de otras mujeres.
Porque sí podemos y podemos ser amigas, podemos admirarnos.Y sí, también podemos equivocarnos, lastimarnos e incluso cometer delitos. Somos seres humanos, no santas.
Pero precisamente por eso necesitamos algo tan sencillo y tan difícil al mismo tiempo: dejar de convertir nuestras sospechas en sentencias sociales.
En el caso de Valeria, la realidad terminó siendo mucho más compleja que aquella historia de “la amiga envidiosa”.
Yo creo que esa es una de las lecciones más dolorosas que nos deja su feminicidio:
A veces la sociedad está tan acostumbrada a imaginar a una mujer como enemiga de otra, que tarda demasiado en mirar hacia donde realmente está la violencia.

