
Hay que decirlo de manera contundente: la consulta de revocación de mandato fue una buena jornada para la autollamada Cuarta Transformación por dos razones: primero porque lograron revertir el poco entusiasmo con que estaba caminando la convocatoria, teniendo a los ciudadanos ajenos al ejercicio; segundo, porque los morenistas rebasaron el piso mínimo de diez millones de participación, aunque no lograron llegar a los 20 millones que se habían puesto como meta.
El Conteo Rápido calcula entre 17% y 18% de personas que participaron en la primera Consulta de Revocación de Mandato que le dieron al menos el 91 por ciento de apoyo, es decir, 15 millones de ciudadanos. Claro, los adversarios apuntan que 8 de cada diez ciudadanos no fueron a darle el apoyo al presidente y que el nivel de participación, al NO alcanzar el 40% de votación para que el ejercicio sea vinculante, entonces se trataría de un total fracaso para la llamada Cuarta Transformación.
Sin embargo, no fue así, porque dadas las limitaciones con que operó el INE en la instalación de casillas sumado a los brazos cruzados de los aliados de Morena como el PVEM y el PT, así como la campaña torpe y poco razonada de algunos opositores que llamaron a no participar, el que salieran más de 17 millones de mexicanos a expresar su voluntad en un domingo de ramos y en un ambiente político tan tóxico como el actual, pues sí que fue exitoso. Difícil discernir cuántos votos fueron de los acarreados y cuántos de los ciudadanos que acudieron convencidos y por voluntad propia, pero sin duda éstos fueron la mayoría.
Por supuesto, en este momento aún se están digiriendo los impactos sociopolíticos del primer ejercicio de esta naturaleza que, si bien estuvo negativamente marcado por la intervención del equipamiento de poder del Estado y de los gobiernos estatales, en el mediano plazo, la Revocación de Mandato será cien por ciento ciudadana y entonces sí habremos dado un salto cualitativo en nuestra democratización.
La revocación para la 4T se vivió (y se sufrió) en tres momentos que alteran todo el espectro: Primero, la poca voluntad y capacidad de decisión de muchos legisladores para impulsar la reglamentación a la Ley revocatoria, lo que provocó que hicieran todo al vapor y con muchos candados que al final los entramparon y pusieron a todo el aparato político en franca violación a sus propias reglas. Segundo, el poco entusiasmo que despertó la convocatoria y la tibia, pobre y poco inteligente estrategia lanzada por la dirigencia de Morena y de algunos mandatarios, que en lugar a atraer a los ciudadanos estaban generando rechazo y reprobación por reciclar viejas prácticas que parecíamos haber superado.
Y tercero, y el empujón decisivo y definitivo provocado por el titular de Gobernación, Adán Augusto López Hernández, quien en una gira por el norte del país sacudió y obligó a que pusieran las pilas tanto dirigentes, operadores como funcionarios morenistas de todo el país. Apareció en Chihuahua, luego arengó tambores en Sonora y Coahuila. Desafiando la legislación, al INE, al tribunal electoral y hasta a la opinión pública, el secretario de Gobernación atrajo toda la discusión política nacional y lo mostró con temple, con fuerza y con el espaldarazo del Ejecutivo federal. En un fin de semana, y más con la lectura del “denlo por muerto para el 2024” de Andrés Manuel López Obrador, lo enroló en el corcholatero por la candidatura presidencial al presentarse no sólo como el más efectivo de sus funcionarios, el más cercano en términos afectivos, sino ahora como el más lopezobradorista de todos, con todo lo que ello signifique.
En sólo un fin de semana, Adán jaló a la dirigencia nacional de Morena y a todos los gobernadores que se vieron obligados a realizar mítines y a reforzar la vinculación con sus bases sociales apoyo. ¿Quiénes sí cumplieron? ¿Quiénes quedaron a deber? Eso está en este momento ajustando la correlación de fuerzas al interior del morenaje; no les quede duda.
Por ejemplo, cómo participaron los partidos aliados, pues el PT, de Alberto Anaya, y el PVEM, de Karen Castrejón, poco les interesó registrar representantes de mesas receptoras acusando que se trataba sólo de un ejercicio morenista. El PVEM registró apenas 3% de los representantes generales, mientras que el PT lo hicieron sólo con el 17%. Morena, en cambio, cubrió el 100% de las mesas. Claro, no faltara quien diga que en los estados verdes y petitas como Chiapas y SLP se arrasaron.
Los datos geoespaciales de los resultados siguen dibujando un país en dos dimensiones, el centro sur muy entusiastas con el lopezobradorismo, pero del Bajío al norte, las condiciones son variadas. Lo mismo en la CDMX, donde una vez más las alcaldías opositoras no estuvieron tan entusiastas como las morenistas.