Diplomacia de emergencia El relevo en la Cancillería mexicana no es un simple ajuste administrativo. La llegada de Roberto Velasco ocurre en un momento donde la política exterior deja de ser una apuesta estratégica para convertirse en una reacción anticipada. La salida de Juan Ramón de la Fuente, más allá de las razones oficiales, abre paso a un perfil técnico, disciplinado y profundamente vinculado a la relación con Estados Unidos. Y eso, en el contexto actual, no es menor. Porque hoy, México no está redefiniendo su política exterior… está preparándose para resistir la presión de Donald Trump. La designación de Velasco no responde a una visión de país hacia el mundo, sino a una urgencia: negociar con Washington en condiciones cada vez más complejas. Migración, seguridad, comercio… todos los temas pasan, inevitablemente, por el mismo filtro: la relación bilateral con Estados Unidos. Y ahí surge la pregunta incómoda: ¿es suficiente un negociador cuando lo que se enfrenta es una postura política agresiva? Porque una cosa es saber dialogar… y otra muy distinta es saber resistir. México parece apostar por la diplomacia técnica en un momento que exige definición política. Mientras Estados Unidos endurece su discurso y marca la agenda, nuestro país ajusta sus piezas para adaptarse, no para confrontar. No hay señales de una estrategia de diversificación, ni de un reposicionamiento global. América Latina queda relegada, Europa es un actor secundario y Asia sigue siendo una promesa lejana. Todo converge en un solo eje: Washington. Y eso, más que pragmatismo, empieza a parecer dependencia. El problema no es negociar. El problema es hacerlo desde una posición donde la presión ya fue asumida como inevitable. Porque cuando un país se prepara únicamente para negociar, sin construir margen de maniobra, sin fortalecer su autonomía, sin plantear límites claros… la negociación deja de ser una herramienta y se convierte en una concesión anticipada. Hoy México no está marcando el ritmo de su política exterior. Está siguiendo el compás de otro. Y en política internacional, quien marca el ritmo… marca el resultado.

