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El colapso de la fantasía

por Federico Berrueto
24-03-2026

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El colapso de la fantasía

Federico Berrueto

Es propio de la política recrear la esperanza, en ocasiones en los terrenos de la fantasía; Raymundo Riva Palacio ha aludido al caso cubano y la oferta utópica de su fundador, Fidel Castro. Igual ocurre en México y en Estados Unidos, aunque con diferentes ritmos y expresiones. Más parecido a Cuba es lo de Venezuela con Hugo Chávez. Líderes carismáticos que creen caminar sobre el agua, enfermizamente convencidos de que son de otra pasta y que, en su fantasía, llevan a sus pueblos a aventuras que inevitablemente concluyen en desastre.

El colapso del proyecto político es cuestión de tiempo. Por eso, todos, absolutamente todos los regímenes populistas terminan en desgracia y, a veces, en tragedia. La realidad no admite desafíos ilusorios; por eso los grandes estadistas parten del reconocimiento de las limitaciones y de los estrechos márgenes de eficacia. Precisamente eso, entender la realidad en su complejidad y lo que sí está al alcance hace del gobernante un gran transformador, el líder de un cambio no solo trascendente, sino positivo.

Estados Unidos no tendrá mayor problema para ver el colapso del régimen castrista, como el mundo ha visto el penoso tránsito de los residuos del chavismo en colaboracionismo con el imperio al que tanto denostaba. Algo semejante ocurrirá en Cuba. Así es porque la razón del colapso del régimen no es Donald Trump, ni MAGA o la destreza de Marco Rubio, secretario de Estado; la causa es la perversión de la fantasía: defraudar la esperanza con las obsesiones propias del poder —continuidad, concentración de autoridad y dinero—.

El obradorismo está tocado de muerte. Puede ser una transición amable o, como se está perfilando, ruda y dura. El relevo en el gobierno ofreció la oportunidad, riesgosa, de un cambio gradual y correctivo para superar las dos principales insuficiencias del proyecto: la impunidad y la concentración del poder. El segundo piso acentuó, apresuró el ritmo. Precipitó el colapso institucional con la reforma al Poder Judicial, derribando la última trinchera de contención al abuso presidencial. Todo poder sin freno acaba por volverse en contra: regla de tiempos ancestrales y razón de la vigencia del régimen democrático, como se observa ahora frente a Donald Trump, que no será derrotado por las armas, sino por las decisiones de los jueces y el voto popular.

Nuevamente, la caída del morenismo no será por Donald Trump, MAGA, el secretario Marco Rubio o el de Defensa, Pete Hegseth; será por cuenta propia. La impunidad es el cáncer, y los anticuerpos institucionales dejaron de existir cuando se destruyeron las condiciones para la supremacía de la Constitución y de la legalidad. Queda el voto, y por eso el régimen se ha esmerado en destruir las bases que garantizan la pluralidad y elecciones justas, mediante la interferencia presidencial al hacer campaña.

La magia de una democracia es ofrecer una vía para un aterrizaje amable a todo régimen, por autoritario que sea. Sucedió con el PRI y, prácticamente, todos los países han podido transitar a un mejor régimen y sistema por la vía civilizada, cuando son realidad elecciones justas e incluyentes y, por lo mismo, convincentes.

El régimen morenista va justamente en sentido contrario. El riesgo no es que se reproduzca indefinidamente en el poder; sino que en el afán de mantenerse traslade la lucha por el poder fuera de las instituciones y de la civilidad. La opción más razonable es apostar por la democracia. En el corto plazo, incluso en un contexto de normalidad electoral Morena tiene todo para prevalecer, aunque en un entorno de pluralidad.

La presidenta Sheinbaum requiere una hoja de ruta no solo para su gobierno sino para el país. Lo que resulta impensable es que la prioridad sea la elección de 2027 y que, a pesar de todas las ventajas —legítimas, ilegítimas o ilegales— de Morena y sus candidatos, pretenda inmiscuirse en el proceso electoral para convertir la consulta de ratificación de mandato en un vehículo de campaña paralela a su partido y candidatos, al grado de que incluso el PT, un partido históricamente aliado, ha hecho pública su reserva ante la evidente intención presidencial.

La vía democrática permitiría al régimen sobrevivir e intentar ganar legitimidad, no con encuestas de aprobación, sino con votos emitidos en elecciones justas y sin exclusión de partidos o candidatos. En ese sentido, el registro de SomosMx será medida del futuro del régimen democrático.