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El nuevo americano feo de Donald Trump

por Felipe León López
26-02-2025

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Más allá de la estridencia declarativa del presidente estadounidense, que tiene la

agenda setting mundial totalmente copada desde hace más de tres semanas, y de

las expresiones pronazis y profascistas de sus aliados en todo el mundo

occidental, incluyendo sus lacayos “autorracistas” latinoamericanos, un

sentimiento colectivo de rechazo a los Estados Unidos está renaciendo,

calentándose y, hasta ahora, nadie puede anticipar en qué derivará el renovado

“Yanki go Home”, que lo mismo crece en México, Argentina, Brasil, España,

Francia, Alemania o Italia.

Ahí está de nuevo, porque el repudio al invasivo estadounidense que parecía

haber sido enterrado hace décadas, no quedó aniquilado y el sentimiento de

repudio a los desplantes imperialistas e impositivos persiste. Por décadas, unas

ocho para ser exactos, la otrora nación más poderosa tejió fino la promoción de su

modelo de democracia liberal como la mejor ante los riesgos del comunismo

totalitario y de economías cerradas, impulsó el capitalismo de libre mercado y

sumó varios acuerdos comerciales y, por si fuera poco, utilizó toda su industria

cultural (cine, televisión, radio, la blogósfera, el streaming, música, moda, opinión

pública, entre otras) para que el american way of life fuera el ideal de toda persona

de occidente.

México este impacto fue más fuerte. Hacia inicios de la década de 1990 en el

marco de una tendencia global a los grandes acuerdos comerciales, pilar

fundamental del neoliberalismo, nuestra clase gobernante se alineó a América del

Norte en lo económico, lo político, lo jurídico y en su seguridad hemisférica,

derivando en una sociedad del TLCAN o T-MEC en todo lo sociocultural que ello

implica, engendrando generaciones completas de mexicanos que han sido

alineados al modo de vida estadounidense, como diría Carlos Monsiváis:

“gringuitos nacidos en México”.

Así como en Europa occidental de la postguerra, tanto México como Canadá, la

vinculación a los Estados Unidos nos obligó a ser aliados en ocho de cada diez

resoluciones a conflictos internacionales, por ello, en este momento, los gobiernos

europeos (de derecha, ultraderecha y socialdemócratas) se sienten

desconcertados y desorientados por el giro que ha dado la geopolítica de Donald

Trump al darles la espalda, exigirles pagos y acotarlos en colaboraciones que han

sido históricas desde la Segunda Guerra Mundial.

La politóloga del diario El País, Máriam Martínez Bascuñán, escribió el pasado

domingo con mucha precisión: “La orientación -citando a la filósofa Sara Ahmed-

está ligada a la familiaridad, a sentirnos en casa en un mundo con un orden

reconocible, nos permite tener metas y aspiraciones. La desorientación es lo

contrario, y así estamos: desorientados. Nuestras estructuras, otrora familiares,

han cambiado abruptamente. Nuestro aliado histórico se comporta como un


adversario, se nos induce a dudar sobre si un saludo nazi es un saludo nazi

(spoiler: lo es) y los principios democráticos fundamentales se usan como

munición antidemocrática para generar confusión”.

En 1958, una novela de William J. Lederer y Eugene Burdick, de nombre bastante

ilustrativo y muy citado en tiempos como los actuales, El americano feo, los

autores describen y critican la ineficacia de la diplomacia estadounidense y la falta

de comprensión cultural de los funcionarios y militares estadounidenses en el

extranjero, especialmente en aquellos donde sus gobiernos intervienen. Aunque el

libro examina los errores y la arrogancia de los estadounidenses en el extranjero,

particularmente en el contexto del sudeste asiático durante la Guerra Fría, la

situación aplica para cualquier momento en que Estados Unidos buscan

reposicionarse como la Grandeza Americana.

En la conclusión del texto los autores consideraban que el “americano feo”

fracasaba al intentar imponer su ideología y costumbres mientras crecían las

simpatías al poder soviético en países subdesarrollados. Hoy, las circunstancias

han llevado al gobierno de Donald Trump a darle respaldo y reconocimiento al

ruso Vladimir Putin en un movimiento geoestratégico y de alto impacto en la

política energética estadounidense.

Otra curiosa sorpresa es que ahora, a larga lista del intervencionismo, operaciones

psicológicas, campañas culturales y contraculturales, así como de construcción de

ambientes sociopolíticos para la americanización del modo de vida en todo

occidente, ahora digan adiós a la USAID, la Agencia de los Estados Unidos para

el Desarrollo Internacional, que había sido su mejor arma, por ejemplo, para la

promoción de la ciudadanización de la democracia (nuestros finados órganos

autónomos, por ejemplo), las reformas de los sistema judiciales (así los juicios

orales, así la elección de ministros) y hasta de afianzar la democracia liberal (bi o

pluripartista) como único modelo político a defender a través de industrias

culturales y equipamientos mediáticos que siguen activos y más profusos con las

plataformas digitales.

En lo político, el ex secretario de Estado de EUA, Robert Lasing, afirmaba en una

carta multicitada de 1924 que "México es un país extraordinariamente fácil de

dominar porque basta con controlar a un solo hombre: el presidente". Y a la luz de

la historia, así ocurrió por varios sexenios no sólo con nuestro país, sino

prácticamente con casi toda América Latina: se sustituyeron los golpes de Estado

inducidos para imponerse por la vía democrática a gobiernos afines al

imperialismo estadounidense, a excepción, claro, de la ola rosa del progresismo.

Pero las condiciones están cambiando radicalmente, porque una vez más han

comenzado a surgir movimientos antiestadounidenses, desde protestas y

movimientos sociales callejeros, hasta decisiones diplomáticas que podrían derivar

en mayores crisis.


El antiamericanismo o el repudio al régimen estadounidense recorre el mundo

nuevamente, a sus políticas, a su cultura y al gobierno que encabeza Donald Trump, que

prácticamente le da la espalda a los aliados -que no amigos- al ponerlos contra la pared,

imponiéndoles aranceles por cualquier situación (como es el caso de la nueva “certificación

antidrogas”) o regañándolos por abandonar sus valores morales (llámense aborto, uniones

de personas del mismo sexo, repudio a las minorías étnicas, migración ilegal).

Retomando lo que dice Rafael Fernández de Castro: Europa le dice adiós a la Pax

Americana que derivó en la creación de las Naciones Unidas y organismos financieros

como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, así como la Organización del

Tratado del Atlántico Norte, a América Latina, a cuenta gotas, vienen los arancelazos para

evitar que caigamos en los brazos de China.

La gran duda, este nuevo renacimiento del sentimiento antiestadounidense cómo se

acomodará ante la irrupción de la nueva gobernanza mundial que impulsa junto a líderes

mundiales de rasgos totalitarios y aliados de la llamada nueva oligarquía tecnopolítica

encabezada por Elon Musk, porque a diferencia de la época de la Guerra Fría, los dos

polos opuestos (EUA- URSS) ya no existen y al menos en América Latina han una

orfandad de liderazgos alternativos para contrapuntear los desplantes del supremacista

régimen de Trump. A menos, claro está, que después de los golpes sobre la mesa vengan

nuevos esquemas de diálogo y acuerdos para conciliar de nuevo bajo otras reglas con sus

aliados.

CONTACTO: feleon_2000@yahoo.com