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Lo que el caso Mencho nos obliga a preguntarnos

por Kiky
19-03-2026

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Cada vez que surge un criminal de alto perfil, aparece la misma pregunta: ¿qué pasa por su mente? ¿Existe realmente una “psicología del criminal”? La idea resulta atractiva. Si pudiéramos comprender cómo piensan figuras como Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, quizá podríamos anticipar sus actos o incluso evitar que aparezcan otros como él.

Sin embargo, la realidad es mucho menos simple.

Durante décadas, la psicología forense ha intentado aproximarse al fenómeno criminal a través de herramientas como la perfilación. Este enfoque, desarrollado principalmente en Estados Unidos, pero bastante extendido por el mundo, incluyendo nuestro país, busca identificar patrones psicológicos en quienes cometen delitos graves. Sin embargo, hay un problema: no existe una única forma de pensar “como criminal”.

Partamos de algo fundamental: el delito también es una construcción social.

Históricamente, cuando ocurren crímenes especialmente violentos, la reacción inmediata es deshumanizar a quien los comete. Se le llama monstruo, psicópata o enfermo. Como señalaba Michel Foucault, esta tendencia permite a la sociedad mantener una idea tranquilizadora: pensar que solo alguien “anormal” sería capaz de cometer ciertos actos.

Y lo interesante radica en que el fenómeno es más complejo.

Las personas no nacen con una comprensión completa del bien y del mal. Aprenden a interpretar el mundo a partir de su entorno: familia, comunidad, condiciones sociales y culturales. Desde la perspectiva del desarrollo social propuesta por Lev Vygotsky, es precisamente a través de esas relaciones que se forman los significados y las conductas.

Comprender esto para nada significa justificar el crimen. Cada delito debe tener consecuencias. Sin embargo, ignorar el contexto tampoco ayuda a explicar por qué ciertas trayectorias terminan derivando en estructuras de violencia como las del crimen organizado.

En casos como el de Oseguera Cervantes, resulta probable que el propio entorno haya reforzado una lógica donde la violencia, el poder y el dinero se convierten en formas legítimas de ascenso social. En algunos territorios del país, esa narrativa está tan normalizada que incluso llega a formar parte del imaginario colectivo: niños que juegan a ser narcotraficantes, comunidades que mitifican a figuras criminales o que ven en ellas una forma de protección: Ese es el verdadero problema.


El crimen organizado no solo se sostiene por armas o dinero. También se alimenta de símbolos, aspiraciones y contextos donde elegir otro camino puede ser extremadamente difícil.

Por eso, tal vez la pregunta más importante no sea qué pensaba el Mencho.

Tal vez deberíamos preguntarnos otra cosa: ¿qué está pasando en la mente de los jóvenes que crecen en comunidades atravesadas por la violencia? ¿Qué condiciones sociales permiten que el crimen organizado siga reclutando generaciones enteras? ¿Y qué ocurre cuando las propias instituciones del Estado terminan estableciendo vínculos con esas estructuras?

Entender estas preguntas no resolverá el problema de inmediato. Pero quizá sea un mejor punto de partida que seguir buscando, una y otra vez, la supuesta “mente del criminal”.