Morena ya eligió a sus 17 corcholatas rumbo a 2027. Pero apenas comenzaron las definiciones y también comenzaron las fracturas. Porque el verdadero problema para Morena quizá no sea quién ganó cada encuesta, sino qué hará ahora con quienes perdieron y cómo evitar que esas inconformidades terminen convirtiéndose en rupturas cuando arranque la competencia electoral.
El escenario no es menor. En varios estados, las decisiones dejaron liderazgos con estructura, presencia territorial y capital político fuera de la jugada. Y en una elección cerrada, esos grupos pueden ser la diferencia entre conservar una gubernatura o entregársela a la oposición.
En Chihuahua, Cruz Pérez Cuéllar se impuso en el proceso interno frente a Andrea Chávez, una de las figuras que durante meses construyó una fuerte presencia política en el estado. El reto será saber si Morena consigue integrar a quienes apostaron por un proyecto distinto.
En Michoacán, Carlos Torres Piña dejó fuera a Raúl Morón, cuyo grupo conserva peso dentro del movimiento y ha marcado distancia después del resultado. Ahí el riesgo es delicado: una candidatura puede tener el respaldo formal del partido, pero necesita también que las estructuras que no fueron favorecidas decidan salir a operar y no quedarse cruzadas de brazos.
En Zacatecas, la designación de Verónica Díaz provocó protestas y volvió a colocar sobre la mesa la influencia política del grupo Monreal. Y Nuevo León quizá representa la señal más clara: Clara Luz Flores fue seleccionada por Morena y Tatiana Clouthier, una de las figuras históricas del movimiento, respondió anunciando la creación de una nueva organización política en el estado.
Pero el problema no termina dentro de Morena. También está la relación con sus aliados. El Partido del Trabajo ha elevado el tono y Reginaldo Sandoval incluso advirtió que, si no existe un nuevo entendimiento, el PT podría competir por separado en algunas entidades. El Partido Verde, por su parte, consiguió posiciones importantes dentro de las definiciones de la alianza.
Y ahí está quizá el mayor desafío para Morena rumbo al próximo año: administrar no sólo candidaturas, sino egos, liderazgos, estructuras y grupos políticos que esperaban encabezar proyectos estatales. Porque ganar una encuesta interna no garantiza automáticamente ganar una elección constitucional.
La oposición, hasta ahora fragmentada y sin una estrategia nacional suficientemente clara, podría encontrar precisamente en esas divisiones una oportunidad. No necesita necesariamente arrebatarle a Morena millones de votos; en algunos estados podría bastarle con aprovechar una baja movilización, una ruptura local o el voto de castigo de grupos desplazados.
Por eso, rumbo a 2027 la pregunta ya no es solamente quién ganó cada encuesta. La verdadera prueba será saber qué ocurre con quienes perdieron, qué tan dispuestos estarán a cerrar filas y qué capacidad tendrá Morena para reconciliar intereses después del reparto.
Porque en política, una candidatura puede ganarse hacia adentro… pero una elección se gana sumando hacia afuera.

