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Rompecabezas | Super Bowl 60°, Bad Bunny y la América que choca consigo misma

por Mónica García-Durán
09-02-2026

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Rompecabezas | Super Bowl 60°, Bad Bunny y la América que choca consigo misma

 Mónica García-Durán

El Super Bowl no es un partido. Es un ritual cívico. El escaparate cultural más visto del planeta. El lugar donde Estados Unidos se mira al espejo y decide —aunque sea por una noche— qué versión de sí mismo quiere proyectar. Por eso lo que ocurrió en el medio tiempo del Super Bowl LX no fue entretenimiento: fue política cultural en horario estelar.

Al frente estuvo Benito Martínez Ocasio, Bad Bunny, el artista latino más influyente de su generación. No habló largo. No arengó. No insultó. Hizo algo más incómodo: mostró un balón de futbol con la frase “Juntos somos América”; un Grammy entregado a un niño; un mensaje que cerró con “Dios bendiga a Estados Unidos”. Nada de eso fue casual. Todo fue lectura fina del momento político.

La respuesta del presidente Donald Trump confirmó el choque de visiones. Mientras la Casa Blanca difundía un mensaje institucional celebratorio del evento y la épica nacional, Trump estalló en su TruthSocial con una descalificación total del espectáculo: “terrible”, “repugnante”, “afrenta a la grandeza de Estados Unidos”. No criticó una coreografía. Repudió una idea de país.

El contraste fue brutal: de un lado, un mensaje de unidad que no renuncia a la identidad; del otro, una noción de grandeza que exige homogeneidad cultural. Trump no se sintió representado. Y eso es precisamente lo relevante. Porque no estaba diseñado para representarlo. Estaba diseñado para reflejar al país que ya existe y que vota, trabaja, consume y canta en más de un idioma.

En un país tensionado por una política migratoria punitiva y un discurso identitario excluyente, el gesto fue quirúrgico. El Grammy —símbolo de éxito, dinero y legitimidad— cambió de manos y terminó en las de un niño que no debía conocer el miedo de una detención. No fue caridad. Fue postura. No fue backstage. Fue escenario central.

Ahí está la clave: el mensaje no fue para América Latina; fue para las Américas. Incluidos Estados Unidos y Canadá. Para los millones de hispanos que ya no son “minoría cultural” sino columna demográfica. Para los países del continente cuyos ciudadanos migraron al norte y hoy sostienen sectores enteros de la economía estadounidense mientras cargan el estigma político.

El espectáculo entendió algo que Washington finge no ver: la identidad estadunidense ya es mestiza, bilingüe, híbrida. No se pide permiso. Se ejerce.

Y mientras el mundo se convulsiona y entra en colapso, como la guerra entre Rusia y Ucrania, la “extracción del ex presidente Nicolás Maduro, las permanentes y cada vez más subidas de tono amenazas a México por el combate a los cárteles; y a Cuba por la continuidad del embargo impuesto desde hace décadas, o bien las advertencias directas a Canadá y, otras, veladas a los países de la OTAN que se niegan a alinearse a las decisiones del republicano Donald Trump, esto importa porque la política migratoria no se decide solo en decretos: se disputa en símbolos.

El medio tiempo del Super Bowl se convirtió en un plebiscito cultural no declarado. Millones de espectadores —muchos sin marco ideológico— entendieron el mensaje sin necesidad de traducción. La música, el niño, el gesto. Punto.

Ese es el verdadero quiebre: la cultura va un paso adelante del poder político. Mientras el discurso oficial insiste en muros y detenciones, la cultura popular ya normalizó la diversidad como identidad nacional. Por eso el enojo de los “magas” (alineados al Make America Great Again del trumpismo). Por eso la reacción presidencial desproporcionada. Porque cuando el espectáculo deja de ser neutro, el poder se siente interpelado.

La presencia de Green Day y Brandi Carlile en el espectáculo previo al Super Bowl LX funcionó como un subtexto político cuidadosamente tolerado por la NFL: un gesto de rebeldía encapsulada, permitida mientras no rompa el molde.

  1. Green Day desempolvó American Idiot, un himno antiestablishment que nació como bofetada al poder, pero que hoy —en versión televisiva y domesticada— opera más como recordatorio histórico que como provocación real. Aun así, el mensaje estaba ahí: la incomodidad sigue viva, aunque administrada.
  2. En paralelo, Carlile —artista abiertamente gay— aportó un símbolo distinto, pero igual de potente: su voz y su sola presencia en uno de los escenarios más conservadores del espectáculo estadounidense encarnaron una idea de nación más amplia, diversa y deliberadamente inclusiva.

Juntos, no incendiaron el estadio, pero sí marcaron territorio: el Super Bowl quiso vender unidad, y terminó exhibiendo, aunque con guantes de seda, las fisuras culturales y políticas de Estados Unidos.

La jugada continental

Hay además una lectura geopolítica suave pero potente. En un momento en que Estados Unidos y Donald Trump endurecen su política hacia migrantes del continente, el mensaje fue: la América real es una red de historias cruzadas. Puerto Rico no es extranjero; México no es ajeno; Centroamérica no es un pie de página. Son parte del mismo relato. Y ese relato ya no se cuenta solo desde Washington.

Bad Bunny no dio un discurso porque no lo necesitó. Ganó la mano sin enseñar todas las cartas. En el escenario más vigilado del planeta, incomodó sin gritar, unió sin diluir y recordó algo elemental: la dignidad no se negocia, se ejerce. El Grammy, esa noche, dejó de ser música. Fue frontera. Y la cruzó.

PIEZAS SUELTAS

Es tan variada y extensa la necesidad de analizar las entrelíneas de lo que ocurre más allá del Río Bravo que, consecuentemente -puede o no, inmediatamente- impactar en México, por lo que, a partir de este lunes agregaremos un breviario de asuntos de interés. ¡Aquí vamos!:

a. Donald Trump dinamitó una tradición bipartidista al excluir a gobernadores demócratas de la reunión anual de la Asociación Nacional de Gobernadores en la Casa Blanca. Para The Washington Post no es descuido, es mensaje. La cooperación federal queda condicionada a la afinidad política y el diálogo institucional se reduce a club de leales. Gobernar, otra vez, como ejercicio de exclusión.

b. La ofensiva de la administración Trump contra fondos sociales señalando a estados demócratas es un farol: un análisis del Wall Street Journal confirma que el programa de Asistencia Temporal para Familias Necesitadas (TANF), padece mala supervisión en estados rojos y azules por igual. El problema es estructural —subvenciones en bloque y controles mínimos— mientras la ayuda directa cae de 1.9 millones de familias en 2010 a 849 mil en 2025. “Es un sistema roto usado como arma política”, precisa The Wall Street Journal.

c. El video racista que circuló desde las redes del presidente Trump, donde Barack Obama y Michelle Obama son retratados como primates, obligó a un inusual reclamo republicano de pánico, advierte la agencia AP. Trump no se disculpó, dijo “no haber visto” el racismo y siguió de largo. La puntilla es clara: su partido ya no discute el fondo, solo pide que se borre la evidencia.

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