Por Armando Guzmán
En junio, el presidente Donald Trump les dijo a los periodistas que lo acompañaron al G7 que Estados Unidos no necesita nada de lo que vende Canadá; tampoco —según afirmó— necesita nada de lo que tiene México.
Pero el presidente debe saber que Dakota del Norte, al igual que otros 28 estados con economías agrícolas, dependen en un 95 % de que este acuerdo trilateral continúe.
Debe saber también que podría intentar bloquear la renovación del tratado, pero con ello enfrentaría desafíos legales sin fin.
Debería saber que matar este acuerdo le haría perder apoyos cruciales en Texas y otros estados que, sin el T‑MEC, caerían en una ruina inmediata que podría durar años.
Estamos hablando de un billón y medio de dólares al año —es decir, un millón y medio de millones de dólares anuales—, casi 3 millones de dólares cada minuto, más de 4 mil millones diarios, y de millones de empleos en los tres países.
¿Con qué cree Trump que va a reemplazar lo que las economías de tres naciones han tardado 32 años en construir?
Este miércoles, Washington, Ottawa y Ciudad de México tendrán la oportunidad de renovar formalmente el T‑MEC —una versión ligeramente modificada del Tratado de Libre Comercio de América del Norte de 1994— por otros 16 años.
La integración económica de América del Norte ha sido benéfica para los tres países. El comercio transfronterizo de bienes y servicios libres de aranceles alcanzó los 2 mil millones de dólares en 2025, una cifra que contrasta con los 297 millones registrados en 1993.
Si el presidente realmente tiene la intención de acabar con el T‑MEC, este sería el momento perfecto para dar el paso definitivo. Sin embargo, como suele decirse: «Trump siempre se echa atrás» (Trump Always Chickens Out).
Es cierto que quiere pasar a la historia como el presidente más proteccionista desde Herbert Hoover, pero no quiere terminar como Hoover, considerado uno de los peores presidentes en la historia de Estados Unidos.
Los ministros de Comercio de Canadá y México ya enviaron cartas a sus homólogos del T‑MEC expresando su deseo de prorrogar el acuerdo. Trump se hace el difícil porque la incertidumbre le beneficia: si firma la prórroga, sus amenazas pierden relevancia; si no la firma, se mantiene en la mesa de negociación durante los próximos dos años, presionando para lograr mayores niveles de proteccionismo y recurriendo a tácticas de farol.
Una de sus exigencias recientes es que el 50 % de los vehículos libres de aranceles se fabriquen en Estados Unidos, frente al requisito efectivo del 40 % establecido en el acuerdo actual.
El presidente estadounidense tiene menos margen de maniobra del que aparenta.
Según el acuerdo negociado por su primera administración, la falta de consenso esta semana no cambia nada: el pacto permanece vigente tal como está y las negociaciones podrían prolongarse durante meses. Si no se llega a un acuerdo este año, el tratado se mantiene y las partes se reúnen al año siguiente para intentarlo de nuevo.
Este proceso podría repetirse anualmente durante 10 años. Si para 2036 no hay prórroga, el acuerdo quedaría sin efecto.
Es cierto que cualquier socio del T‑MEC puede retirarse notificándolo con seis meses de antelación. Si el presidente Trump considera que él —y no el Congreso— tiene la facultad constitucional de retirar a Estados Unidos del pacto, podría presentar dicha notificación mañana mismo.
No lo ha hecho, y es poco probable que lo haga, no solo porque terminaría en los tribunales y probablemente perdería el caso, sino porque está evaluando los riesgos políticos. Incluso un firme partidario del aislacionismo económico entiende que muchos de los sectores perjudicados forman parte de su base electoral.
Sería positivo que México y Canadá demostraran un mayor compromiso con la preservación y el fortalecimiento del libre comercio continental. Sin embargo, la mayor esperanza para mantener viva la integración norteamericana reside en los agricultores, ganaderos y empresas de Estados Unidos, cuyos inversores, trabajadores y clientes se benefician de una región competitiva a nivel mundial.
El sector agrícola estadounidense produce cada año más de lo que los estadounidenses —y su ganado— pueden consumir.
Los productores agrícolas y los senadores republicanos de las regiones rurales ya advirtieron al presidente Trump que necesita preservar el acceso a los mercados de Norteamérica y del mundo.
La industria manufacturera estadounidense también tiene mucho en juego.
Trump ha coqueteado con la idea de sustituir el T‑MEC por dos acuerdos bilaterales. No obstante, eso requeriría la aprobación del Congreso y, además, socavaría los beneficios de la integración regional.
La coproducción continental es el ingrediente clave que convierte a la industria manufacturera estadounidense en una potencia.
En 2024, Canadá y México compraron más productos fabricados en Estados Unidos que los diez siguientes socios comerciales juntos, y casi seis veces más que China.
Si el presidente Trump quiere quedar del lado positivo de la historia, debe darse cuenta de que esta no es una negociación en la que él pueda tomar ventaja porque “los otros dos socios lo necesitan”. Trump debe entender que quienes realmente necesitan de él —y de este acuerdo— son los millones de estadounidenses que dependen todos los días del T‑MEC.

