Hace unos días escribía sobre cómo la violencia puede dejar de escandalizarnos cuando se convierte en parte del paisaje cotidiano. Lo mismo ocurre con otros fenómenos menos visibles, pero igualmente preocupantes: aquello que, por repetirse todos los días, termina pareciéndonos normal.
Uno de ellos es la cultura de las apuestas.
Hoy resulta difícil mirar un partido de fútbol sin anuncios de casas de apuestas, navegar por redes sociales sin encontrar a algún influencer presumiendo sus ganancias o caminar por muchas colonias sin encontrar locales con máquinas de juego. Apostar dejó de ser una actividad reservada para los casinos; ahora forma parte del entretenimiento cotidiano y de la conversación pública. Lo preocupante no es únicamente su expansión, sino que las adolescencias están creciendo en un contexto donde el riesgo económico comienza a percibirse como una forma natural de diversión.
Desde la psicología del comportamiento, el doctor Alfredo Zarco explica que las personas toman decisiones evaluando distintas alternativas y las consecuencias que éstas pueden traer. En teoría, tendemos a elegir aquellas opciones que maximizan beneficios y reducen costos; sin embargo, diversos factores del entorno pueden modificar esa elección y llevarnos a privilegiar recompensas inmediatas sobre beneficios más estables.
Menciona que en ese contexto aparece el gambling o juego patológico, definido como un patrón persistente de conducta de juego que continúa a pesar de las consecuencias negativas que genera. El Dr. Zarco retoma evidencia que muestra cómo quienes desarrollan este problema suelen otorgar un peso desproporcionado a la posibilidad de obtener una gran recompensa, aunque ésta tenga muy pocas probabilidades de ocurrir, mientras minimizan las pérdidas frecuentes que acompañan ese tipo de decisiones.
Me parece el momento adecuado para señalar que quizá ahí reside una de las mayores fortalezas de la industria de las apuestas: no vende únicamente dinero, vende “esperanza”, la posibilidad de ser el próximo ganador, la ilusión de que el siguiente intento será diferente, la idea de que un golpe de suerte puede cambiar una vida.
Como señala el Dr. Zarco, "los juegos de azar están programados para entregar un premio de vez en cuando y así enganchar al jugador". Destaca que, desde el análisis de la conducta se sabe que los reforzadores intermitentes (aquellos que aparecen de forma impredecible) son especialmente eficaces para mantener un comportamiento durante largos períodos, incluso cuando la mayor parte del tiempo no existe recompensa.
Ese mecanismo psicológico resulta especialmente relevante cuando pensamos en las adolescencias. Hoy niñas, niños y adolescentes conviven desde edades cada vez más tempranas con dinámicas que reproducen la lógica de las apuestas: videojuegos con recompensas aleatorias, plataformas digitales que incentivan la gratificación inmediata, apuestas deportivas promocionadas por figuras públicas y una publicidad constante que presenta el azar como una alternativa legítima para obtener reconocimiento o dinero.
El Dr. Zarco advierte la necesidad de evaluar qué ocurre cuando estas exposiciones aparecen desde etapas tempranas del desarrollo y plantea una pregunta inquietante: ¿de qué manera esos historiales de reforzamiento influyen en la forma en que las personas aprenden a tomar decisiones durante el resto de su vida?
Es decir, no se trata de afirmar que toda persona que apuesta desarrollará ludopatía. Tampoco de satanizar el juego como forma de recreación, sino que el problema comienza cuando una sociedad deja de cuestionar los contextos que favorecen conductas de riesgo y convierte esas prácticas en parte de la normalidad.
Así pues, mientras discutimos cuánto tiempo pasan las adolescencias frente al celular, pocas veces nos preguntamos qué mensajes reciben a través de esa pantalla y tal como señala el experto, “Hay muy pocas políticas públicas enfocadas en abordar este tema”. Las personas aprenden que ganar dinero puede depender de la suerte; que siempre existe "otra oportunidad"; que perder forma parte del camino hacia una gran recompensa; que el éxito puede llegar sin esfuerzo suficiente, siempre que se siga intentando.
Destaca que no es casualidad que, en contextos marcados por la desigualdad, esas narrativas encuentren terreno fértil. Cuando las oportunidades reales parecen insuficientes, las promesas de movilidad rápida adquieren un enorme poder simbólico. Como plantea Zarco, para muchas personas el premio mayor representa un atajo para escapar de la pobreza y de la falta de oportunidades, aunque las probabilidades de lograrlo sean mínimas.
Considero que debemos empezar a preguntarnos ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando generaciones enteras aprenden que el riesgo constante, la recompensa inmediata y la esperanza de "tal vez ahora sí" forman parte natural de la vida cotidiana?
Me gustaría terminar con una reflexión que nos comparte el experto¨: “Ganar el premio gordo puede ser un atajo para escalar estratos sociales, o para cubrir lo que el trabajo diario no alcanza a cubrir, aunque un atajo con mayor probabilidad es unirse al crimen organizado. ¿No será el juego patológico un síntoma de nuestra precariedad social?”

