Los sondeos de opinión nunca pueden reemplazar a las elecciones como mecanismo democrático. No es casual que en ninguna parte del mundo se optara por esta solución y, si fuera eficaz, no habría elecciones; es más práctico, rápido y económico una encuesta que la complejidad de una elección. El mejor procedimiento es que el órgano público electoral sea responsable de organizar la elección interna y que se desarrolle de manera concurrente para todos los partidos. Estos son entidades públicas con responsabilidades derivadas de esa condición; además, cuentan con un virtual monopolio para acceder a los cargos públicos.
Seleccionar por encuesta no es democrático por varias razones. Una es que, con frecuencia, los partidos impiden que los candidatos emprendan campañas para ganar preferencias. Incluso, como sucedió con Morena en la precampaña presidencial pasada, no hubo debate ni confrontación de ideas, propuestas o programas. La tesis de que la competencia divide, cierta solo en parte, lleva a los partidos a inhibir el proselitismo, que sí se presenta, pero de manera subrepticia, incluso mediante campañas negras y compra de votos. Las campañas restringidas conducen a la simulación y a la opacidad.
En 1999, el PRI optó por una elección primaria; hubo campaña y, según candidato ganador, Francisco Labastida, quien posteriormente perdió la elección presidencial, la competencia dividió al PRI y lo afectó, tesis que no se corrobora con la votación obtenida en la elección constitucional. Tabasco, Puebla y Coahuila registraron una alta votación a pesar de ser los estados de influencia de quienes compitieron contra él: Roberto Madrazo, Manuel Bartlett y Humberto Roque. Veinticinco años después, la oposición, sin MC, en el marco del Frente Amplio por México, optó por una elección interna basada en encuesta y consulta ciudadana. El proceso se malogró por la incapacidad de llevarlo hasta su última etapa y minó la legitimidad de la decisión final.
Las elecciones primarias son el mecanismo idóneo para posicionar a los partidos y corresponde a los seleccionados generar las condiciones de competencia a partir de la reconciliación posterior. Es una prueba de competitividad. Existe la opinión fundada de que, en EU, si el candidato presidencial demócrata de la elección pasada hubiera sido seleccionado mediante una elección primaria, habría derrotado a Donald Trump. Kamala Harris tuvo que competir en condiciones de desventaja, toda vez que el presidente Biden declinó la candidatura prácticamente a última hora. Ayer mismo, Hillary Clinton
Si legalmente se hubiera obligado a los partidos a seleccionar democráticamente a sus candidatos mediante elecciones primarias, como en la mayoría de los regímenes presidencialistas, mucho habría cambiado el sistema político. Por lo pronto, se hubiesen resuelto dos problemas: contener la partidocracia y hacer de los partidos verdaderas escuelas de democracia. No ha sucedido así y, en su lugar, para resolver la disputa por los cargos, las dirigencias han optado por la encuesta, bajo la falsa tesis de que es una variante democrática, una manera de representar la voluntad mayoritaria.

