José Luis Camacho Acevedo
Los innegables vínculos que existen entre Nicolás Maduro y Andrés Manuel López Obrador, sin necesidad de precisar con exactitud la naturaleza de ellos, han creado una peligrosa paradoja que afecta a la presidenta de México: Delsy Rodríguez está en mucho menor riesgo personal de lo que puede estar en medio de la crisis internacional que ha creado el derrocamiento de Maduro que la primer mandataria mexicana Claudia Sheinbaum.
Para especialistas tan serios como David Saucedo, casi igual que lo que ocurre en nuestro sistema político, en las estructuras de las organizaciones criminales no existen los vacíos.
Si una cabeza de alguna organización criminal cae, bien sea por haber sido capturada por las autoridades, o si llegase a morir en uno de los frecuentes enfrentamientos que se dan entre esos grupos, de inmediato es sustituido y surge un nuevo, o varios, nuevos capos.
Para ubicarnos en el reciente contexto de los carteles mexicanos que han llegado a perder a su líder, seguramente al sucumbir Hernán Bermúdez como líder de La Barredora, ahora esa organización, en lo improbable de su desaparición, debe estar dirigida por un nuevo cabecilla.
Esa nueva figura que debe estar operando en el sureste mexicano desde que fue capturado en Paraguay el Abuelo, lo más probable es que no tenga ningún compromiso, y menos una relación probada, como la que pudieron tener en su momento Bermúdez Requena y el vapuleado líder senatorial Adán Augusto López Hernández.
Y otorgando el beneficio de la duda al ex presidente Andrés Manuel López Obrador en el sentido de que desconocía las operaciones de la Barredora en su estado natal, es por demás lógico el considerar que no conoce al presunto sucesor de Hernán Bermúdez.
En el escenario catastrófico de que la caída de Nicolás Maduro comprometa el nombre del ex presidente López Obrador en la medida de que en las presentaciones del venezolano ante la Corte Este de Nueva York surja su nombre en el entramado de relaciones que muy probablemente saldrán a la luz, no pocas figuras públicas de nuestro elenco nacional sentirán explicables temores.
¿Y si por ello se ponen nerviosos los lopezobradoristas que pueden salir involucrados en las acciones criminales cometidas por Nicolás Maduro y consideran que no cuentan con la protección del actual gobierno mexicano?
Entonces cualquiera de los que en Estados Unidos son considerados como narcopolíticos mexicanos puede perder el control de sus presumibles protegidos (en este caso convertidos en potenciales sicarios) y ser incapaz de vigilar a esos peligrosos delincuentes para impedir que cometan un atentado en contra de quienes consideren que están dejando solos a sus jefes.
Si, volviendo al ejemplo inicial de un López Obrador que no conoce siquiera al sucesor de Bermúdez, en el país los más impensados “afectados” por la caída de Nicolás Maduro son un verdadero peligro para la seguridad de las principales figuras políticas de México.
¿Quiénes pudieran estar en la mira de esos demenciales delincuentes que sienten que la defenestración de Maduro los afectó en la medida en que lo hizo con López Obrador?
Repetimos, hablamos de un escenario catastrófico que pudiera presentarse.
Pero la primera en estar en riesgo de la acción criminal de un desquiciado es la presidenta Claudia Sheinbaum.
Y con ella elementos de primer nivel como Omar García Harfuch, Marcelo Ebrard, Ernestina Godoy, los secretarios de la Defensa y de Marina, Rosa Icela Rodríguez, así como sus respectivos cuerpos de seguridad.
Si como se especula, Marco Rubio tuvo la suficiente habilidad “para negociar” hasta a la guardia de cubanos encargada de la seguridad de Maduro, en México también se pueden comprar a los encargados de la seguridad de las mencionadas figuras.
En el supuesto de que algún narcopolítico desesperado piense que a López Obrador no le pasará nada, pero a él sí, como es el caso de Felipe Calderón, que sigue libre, y Genaro García Luna, que purga su condena en el severo penal en el que también está recluido el Chapo Guzmán, el riesgo para el primer círculo de Claudia Sheinbaum es alto.
En el contexto de una interrelación innegable que puede existir entre grupos de varios países, grupos que tienen la más variada actividad, el asunto de la seguridad de las principales figuras políticas de México debe ser una de las más serias prioridades que se contemplen a la luz de sucesos internacionales como el derrocamiento de Nicolás Maduro.
No estamos ante nada nuevo.
Los ejemplos vienen de tiempo atrás: desde los asesinatos de Luis Donaldo Colosio Murrieta y José Francisco Ruíz Massieu; hasta llegar al crimen perpetrado el pasado año contra los dos más cercanos colaboradores de la jefa de gobierno de la CDMX, Clara Brugada.

