Los Tocables
Los candidatos que no son candidatos…
Por Héctor Guerrero
Morena ha encontrado una palabra incómoda para estos tiempos: candidato. Por eso la sustituyó por una frase de resonancias épicas: “coordinador estatal de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional”. El nombre es largo, solemne y políticamente conveniente. Describe una función que, en los hechos, se parece demasiado a una candidatura. Son quienes encabezan la competencia por las gubernaturas de 2027, aunque el partido prefiera llamarlos coordinadores.
La maniobra tiene algo de lenguaje burocrático y algo de alquimia electoral: cambiar el sustantivo para ganar tiempo. Mientras el calendario electoral mantiene sus propios tiempos, Morena adelanta definiciones, recorridos, estructuras y posicionamientos. EL PAÍS documentó que el partido buscaba resolver las 17 coordinaciones antes del inicio formal de las etapas electorales. Así, sus perfiles pueden continuar con actividad territorial sin asumir todavía la etiqueta de precandidatos.
La paradoja resulta evidente. Se registran aspirantes, se realizan mediciones, se filtran perfiles, aparecen operadores, se construyen acuerdos, se recorren territorios y finalmente se entrega una constancia. Todo ocurre alrededor de una candidatura que, por razones jurídicas y políticas, todavía no debe llamarse candidatura. La palabra cambia, el procedimiento cambia de envoltura y la operación política permanece intacta. En México conocemos bien ese truco semántico.
El procedimiento fue presentado como una combinación de encuestas y acuerdos. Las encuestas, sin embargo, tienen ahora una característica extraordinaria: son tan importantes que nadie puede verlas. Morena decidió reservar los resultados de las mediciones utilizadas para definir candidaturas y privilegiar los acuerdos internos bajo el argumento de evitar fracturas. La pregunta resulta elemental: si la encuesta constituye una fuente de legitimidad, ¿por qué el ciudadano debe confiar en una encuesta cuyos resultados no puede conocer?
Ahí comienza la parte verdaderamente interesante. Mientras Morena habla de transformación, soberanía, unidad y método, el tablero empieza a mostrar algo bastante más tradicional: grupos políticos, gobernadores, aliados, operadores y estructuras territoriales. La lista de los nuevos coordinadores cuenta esa historia con mayor claridad que cualquier discurso. Cada nombre llega acompañado de una trayectoria, una relación política y un territorio. Y esas relaciones ayudan a entender cómo funciona realmente la sucesión.
En Zacatecas aparece Verónica Díaz, vinculada al grupo de los Monreal. En Michoacán, Carlos Torres Piña, cercano al gobernador Alfredo Ramírez Bedolla. En Quintana Roo, Eugenio “Gino” Segura, antiguo secretario de Finanzas de Mara Lezama. En Campeche, Pablo Gutiérrez Lazarus, relacionado con el entorno de Layda Sansores. En Colima, Rosa María Bayardo. En Guerrero, Beatriz Mojica. En Sinaloa, Imelda Castro. La fotografía completa empieza a parecerse menos a una encuesta y más a un mapa de poder.
No hace falta recurrir a conspiraciones para advertir el patrón. Basta mirar las trayectorias. Los partidos políticos funcionan mediante grupos, alianzas, lealtades y negociaciones; Morena tampoco está fuera de esa lógica. La diferencia está en el discurso con el que presenta sus decisiones. El partido que llegó prometiendo transformar las reglas de la política ahora enfrenta el mismo fenómeno que acompañó durante décadas a sus antecesores: la sucesión también es una disputa entre grupos.
Adán Augusto López Hernández, exsecretario de Gobernación y una de las figuras centrales del lopezobradorismo mantiene presencia dentro de la operación política nacional de Morena. Su participación en la estructura encargada de acompañar los procesos estatales alimenta las lecturas sobre los distintos grupos que intervienen en la selección. Eso permite hablar de influencia política y de corrientes internas. Convertir esa influencia en autoría personal sobre cada nombramiento exigiría pruebas que públicamente no están disponibles.
El punto resulta importante porque alrededor de estas designaciones comienza a construirse una narrativa: que cada espacio responde a una mano determinada, que cada grupo cobra una factura y que cada gobernador intenta dejar sucesor. Algunas de esas lecturas tienen respaldo documental; otras pertenecen al terreno de la interpretación política. El periodismo serio debe distinguirlas. La crítica resulta más poderosa cuando se apoya en hechos verificables y deja las conjeturas en el lugar que les corresponde.
Morena llegó al poder denunciando las prácticas del viejo régimen. Hoy administra una maquinaria política mucho más compleja: gobernadores, senadores, alcaldes, aliados electorales, operadores territoriales y grupos con trayectorias provenientes de distintas familias políticas. El problema no consiste en que existan grupos. Todos los partidos los tienen. El verdadero dilema aparece cuando la transparencia prometida termina sustituida por la liturgia del “acuerdo de unidad” y la sociedad recibe la decisión terminada.
En ese lenguaje, quien gana recibe una constancia; quien pierde recibe una invitación a cerrar filas; quien cuestiona el procedimiento recibe un llamado a cuidar al movimiento; y la encuesta, convenientemente, queda bajo reserva. La vieja política decía “candidato”. La nueva política dice “coordinador”. La vieja política hablaba de disciplina partidista. La nueva habla de unidad. La vieja política negociaba posiciones. La nueva habla de acuerdos. Cambió el discurso; la política del poder sigue reconociéndose en el espejo.
El Partido del Trabajo ya se apartó del proceso de selección de Morena y ha cuestionado la falta de inclusión y transparencia. El caso de Zacatecas resultó especialmente áspero: el PT cuestionó la designación de Verónica Díaz y sostuvo que su propia aspirante, Geovanna Bañuelos, había obtenido mejores posiciones en sus mediciones internas. Morena sostiene su propia interpretación del proceso. El desacuerdo resulta revelador porque muestra que la palabra unidad puede tener significados muy distintos cuando se pronuncia desde la dirigencia o desde quienes quedaron fuera.
Así funciona la maquinaria. Primero se registran los aspirantes. Después se filtran. Luego se encuesta. Más tarde se negocia. Finalmente aparece el coordinador. Y cuando llegue el momento jurídico correspondiente, aparecerá el candidato. Todo perfectamente ordenado, todo perfectamente explicable, todo perfectamente presentado como una decisión colectiva. Existe, sin embargo, un detalle incómodo: nadie puede revisar las encuestas que supuestamente justificaron algunas de las decisiones políticas más importantes.
Morena puede argumentar que preservar los resultados evita fracturas. Puede sostener que los acuerdos son necesarios para garantizar unidad. Puede defender que la política requiere negociación. Todo eso forma parte de la lógica interna de un partido. Pero existe una regla elemental de la democracia: cuando se pide confianza, la transparencia deja de ser un adorno y se convierte en obligación. La sociedad tiene derecho a conocer las razones que sustentan decisiones que definirán el futuro político de sus estados.
Por eso el asunto no consiste únicamente en saber quién ganó una encuesta. Consiste en saber quién decidió qué encuesta debía importar, qué criterios se utilizaron, qué peso tuvieron los acuerdos políticos y qué ocurrió con quienes aparecieron mejor posicionados pero terminaron fuera. Ahí está la verdadera historia. La candidatura puede esconderse detrás de una coordinación, pero la disputa por el poder permanece perfectamente visible. El lenguaje institucional no puede borrar la política.
Los coordinadores estatales ya tienen nombre, estructura, territorio y fotografía. Algunos tienen gobernadores detrás; otros tienen grupos nacionales; algunos cuentan con alianzas partidistas; otros llegan respaldados por trayectorias propias. El tablero está prácticamente armado. Lo único que todavía falta es colocar sobre la mesa el nombre que todos conocen y que Morena evita pronunciar. Candidato.
Quizá esa sea la verdadera innovación política de estos tiempos: conseguir que una candidatura parezca una coordinación, que una precampaña parezca una gira territorial y que una negociación política parezca una encuesta. El nombre puede cambiar, las formas pueden modernizarse y el discurso puede renovarse. Pero cuando se mira con atención el mecanismo, aparecen las mismas piezas de siempre: poder, grupos, acuerdos, intereses y sucesiones.
La pregunta final permanece intacta. No es quién tiene el mejor discurso, quién aparece en más fotografías o quién recibe la constancia más solemne. Tampoco se resuelve con una encuesta guardada bajo llave. La pregunta es mucho más sencilla y, precisamente por eso, mucho más incómoda: ¿quién eligió al próximo gobernador?
Tiempo al tiempo.
@hecguerrero

