Una jugada de poder que terminó modificando el tablero político de México.
Hay regresos al poder que fortalecen a un gobernante o su grupo político. El de Rubén Rocha Moya duró 34 horas y terminó demostrando exactamente lo contrario.
Después de 112 días de licencia, el gobernador de Sinaloa anunció el viernes 21 de agosto su reincorporación al cargo. Poco más de un día después volvió a solicitar licencia, esta vez por tiempo indefinido. Este domingo, el Congreso de Sinaloa aprobó la nueva separación y convocó a sesión extraordinaria para definir al gobernador interino.
En política, 34 horas pueden parecer un episodio anecdótico. En teoría de juegos son una radiografía del poder. Porque el verdadero dato no es que Rocha haya regresado. El hecho revelado es que regresó sin tener asegurado el respaldo del jugador que podía sostenerlo: La presidenta.
Y cuando un actor político desafía el equilibrio existente sin haber calculado correctamente la respuesta de los demás jugadores, ocurre lo evidente en Sinaloa: el movimiento se convierte en una derrota en cascada con efecto domino. El problema dejó de ser Rocha
El 29 de abril, el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública una acusación contra Rocha Moya y otros funcionarios y exfuncionarios mexicanos por presuntos delitos relacionados con narcotráfico y armas. La acusación sostiene que los implicados habrían conspirado con líderes del Cártel de Sinaloa para introducir grandes cantidades de narcóticos a Estados Unidos a cambio de apoyo político y sobornos.
Conviene ser precisos: se trata de acusaciones, no de una sentencia, y todos los señalados conservan la presunción de inocencia, pero políticamente el daño ya ocurrió.
Porque cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos coloca el nombre de un gobernador mexicano en un expediente de esta naturaleza, el problema deja de ser exclusivamente doméstico.
Se convierte en un asunto de seguridad binacional, confianza institucional y presión diplomática y ahí cambia el tablero.
Rocha puede argumentar su inocencia. México puede exigir pruebas. Estados Unidos puede sostener su acusación, pero ninguno de esos movimientos elimina el hecho político fundamental: La reputación institucional de México ya está bajo escrutinio internacional.
El error de las 34 horas
Desde una perspectiva de teoría de juegos, el regreso de Rocha fue una apuesta. El gobernador aparentemente apostó a que su reincorporación produciría un nuevo equilibrio: recuperar el cargo, reivindicar su legitimidad y demostrar que los señalamientos estadounidenses no le impedirían ejercer el mandato.
El problema fue que calculó mal la reacción de los otros jugadores. La presidenta Claudia Sheinbaum había advertido que ningún interés personal podía colocarse por encima del pueblo y de la Nación. Después, el Congreso sinaloense procesó la nueva licencia y la propia presidenta calificó la decisión como lo mejor para Sinaloa.
La señal política es contundente: el sistema dejó de acomodarse alrededor de Rocha y de su grupo político de respaldo.
Y esa diferencia es enorme. Un gobernante puede enfrentar una acusación. Lo que difícilmente puede encarar con éxito es la pérdida simultánea de confianza y respaldo institucional.
La pregunta que realmente importa a estas alturas de la discusión no debería concentrarse exclusivamente en si Rocha actuó solo o no. La pregunta estratégica es otra: ¿Qué viene después de Rocha y sus patrocinadores políticos?
Porque Sinaloa no puede quedar atrapado en un ciclo de licencias, regresos, nuevas licencias y disputas internas. El Congreso deberá definir al interino. Y esa decisión será mucho más importante de lo que parece porque el gobernador interino no solamente administrará el estado: Administrará una crisis.
Tendrá que recuperar confianza empresarial, enfrentar la violencia, reconstruir gobernabilidad y, sobre todo, evitar que Sinaloa sea percibido como un territorio donde las fronteras entre política, seguridad y crimen organizado son difusas.
En este punto aparece una segunda partida de ajedrez: La sucesión interina será también una disputa por el control político del estado. No basta con preguntar:
“¿Quién es cercano a Rocha?” La pregunta correcta es: “¿Quién puede reducir el riesgo político de Sinaloa frente a México y Estados Unidos?”
El factor Washington
Aquí está la variable que puede cambiarlo todo. El expediente estadounidense no desapareció con la licencia. Tampoco desapareció con el regreso fallido y mucho menos con una decisión del Congreso local, o con los mensajes presidenciales.
El Departamento de Justicia mantiene su acusación y el caso continúa en el ámbito judicial estadounidense. Por eso el escenario más probable es una especie de salida política controlada: Rocha permanece separado del cargo, Morena evita convertirlo en mártir y el Gobierno Federal intenta mantener el expediente dentro de los canales jurídicos.
Ese escenario tiene una probabilidad, a mi juicio, alta, pero existe otro escenario menos probable y mucho más peligroso.
El verdadero riesgo: que alguien hable
Gerardo Mérida Sánchez, exsecretario de Seguridad Pública de Sinaloa, salió de una cárcel federal estadounidense el 11 de agosto, aunque su proceso continúa. Su caso ha generado especial atención porque está incluido dentro de la investigación estadounidense sobre funcionarios sinaloenses.
Aquí aparece la variable más delicada del tablero: la cooperación de un acusado.
En teoría de juegos, un sistema puede permanecer estable mientras todos los jugadores mantengan una estrategia de silencio, pero si uno de ellos obtiene un beneficio suficiente para cooperar, el equilibrio puede romperse.
Por eso el mayor riesgo para Rocha y su grupo no necesariamente está en lo que se ha dicho. Está en lo que todavía no se ha dicho.
Una nueva declaración.
Un documento.
Una transferencia.
Una comunicación.
Un testimonio corroborado.
Cualquiera de esos elementos podría convertir un problema político en una crisis jurídica mucho mayor.
Dos futuros posibles
El primero es el de la contención. Rocha queda políticamente aislado, el interino estabiliza el estado, México mantiene abierta la investigación y Washington continúa su proceso sin convertirlo inmediatamente en una crisis diplomática. Es el escenario más conveniente para todos.
El segundo es el del efecto dominó. Si aparecen nuevas evidencias contra otros funcionarios, el caso deja de llamarse “Rocha Moya”, puede comenzar a llamarse “el caso Sinaloa”.
Y ahí el problema cambia radicalmente, ya no se preguntaría solamente qué hizo o dejó de hacer un gobernador.
La pregunta sería: ¿Hasta dónde llegó la presunta penetración del crimen organizado en las estructuras políticas y de seguridad del estado?
Ese sería un escenario de alto impacto para Morena y para la relación México–Estados Unidos.
La recomendación
La salida inteligente para el Gobierno Federal no es defender a Rocha ni convertirlo en enemigo público. Es despersonalizar la crisis.
Separar tres expedientes:
Rocha, Sinaloa y México–Estados Unidos.
Cada uno debe tener su propia ruta institucional.
El Gobierno Federal debe evitar que el gobernador con licencia se convierta en una disputa política interna, mientras exige que cualquier acusación estadounidense sea procesada con evidencia, debido proceso y cooperación jurídica.
Al mismo tiempo, el nuevo gobierno interino debe concentrarse en tres objetivos: seguridad, gobernabilidad y recuperación de confianza porque el peor escenario sería que Sinaloa siga siendo gobernado por la incertidumbre.
La conclusión
La política es un juego de señales. Cuando un actor anuncia su regreso y 34 horas después vuelve a pedir licencia, la señal que recibe el sistema es mucho más poderosa que cualquier discurso:el equilibrio político cambió.
Ahora comienza la verdadera partida porque Rocha puede haber salido temporalmente del despacho, pero el tema apenas está entrando en su etapa más delicada.
Y en este juego, la pregunta que todos deberían estar haciéndose no es que dirá mañana o en los próximos días la presidenta, la reflexión es s mucho más incómoda:
¿Qué ocurrirá si Washington tiene una carta que México todavía no ha visto?
Ahí está el verdadero riesgo.

