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El poder cohesiona a Morena ¿qué tanto?

por Federico Berrueto
30-07-2026

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Federico Berrueto

Los partidos han perdido el sentido de propósito trascendente. De organizaciones fundamentales para la representación política se han convertido en simples vehículos para acceder al poder. Sucede con todos, incluso con el PAN que fue la organización política con mayor densidad ciudadana y sentido de proyecto. El poder los ha deteriorado y mientras mayor el acceso a éste, mayor la descomposición. En ausencia de sentido de pertenencia, mística y reglas consensuadas de gobierno interno, la selección de candidatos es prueba de ácido.

Morena no es un partido; nunca lo ha sido. Fue un proyecto diseñado, organizado y dirigido por López Obrador para ganar la Presidencia. Al igual que el PNR, asume una representación abstracta del país: la de la nación o del pueblo. Es decir, no se concibe como una parte, como caulquier organización política, sino como el todo. Ello implica negar la coexistencia con otras fuerzas políticas, es decir, la pluralidad. A diferencia del PRI, cuyo reformismo le llevó no sólo a aceptar la pluralidad, a regañadientes, sino a crear las bases para una transición democrática sin ruptura. De hecho, en el registro histórico de las sucesiones presidenciales, la primera alternancia fue excepcional: ordenada, legítima y sin resistencias.

El PRI inició su debacle cuando dejó de ser visto como invencible, cuando se probó que podía ser derrotado. Hubo varios episodios, pero el más importante fue la elección de 1997, cuando perdió la mayoría y, después, varias gubernaturas. ¿Sucederá lo mismo con Morena en 2027? Varios observadores acuciosos advierten que la coalición gobernante comienza a desmoronarse. Incluso el PT, partido muy próximo al régimen, muestra signos de rebeldía frente al acuerdo de competir con Morena en todas las elecciones.

Lo menos que puede decirse es que Morena merece la reserva de sus aliados. El fallido intento de reforma electoral elaborado por Pablo Gómez, bajo instrucciones de la presidenta Sheinbaum, buscó excluirlos de la coalición. Las expresiones de la entonces dirigente nacional, Luisa María Alcalde, y de los intelectuales orgánicos del régimen fueron, más que de hostilidad, de abierto repudio. Un despropósito, no sólo por la necesidad de sus aliados: Morena obtuvo por sí mismo 43% de los votos en la elección de diputados y la reforma que podía acabar con ellos requería, precisamente, los votos del PVEM y del PT.

Desde entonces existe, si no una ruptura, una desconfianza que no ha logrado superarse con la renovación de la dirigencia de Morena ni con los intentos de recomponer la relación con sus aliados. A la presidenta Sheinbaum y a la cúpula morenista les cuesta entender que el PT y PVEM tienen intereses propios y, en varios estados, opuestos a los de Morena. Para el PT resulta intransitable el gobernador de Oaxaca y, en Baja California, Jaime Bonilla se siente más cómodo con Dante Delgado que con Ariadna Montiel. El PVEM cedió Chiapas en 2024 y no recibió compensación. Ganó San Luis Potosí ganó por sí mismo.

El problema también existe al interior. El factor de autoridad, propósito y unidad se llama Andrés Manuel López Obrador, pero no puede hacer valer su fuerza sin herir políticamente a la presidenta Sheinbaum. Además, la mayor amenaza al proyecto proviene de la embestida judicial de Estados Unidos y, en ese terreno, la presidenta Sheinbaum tiene todas las de ganar. La lucha por las candidaturas es más complicada. El problema no es la decisión, sino sus efectos en la unidad. Entre los damnificados podrían estar los gobernadores y los factores de poder en torno a los gobiernos locales, incluidas, en varios estados, organizaciones criminales.

No obstante que las diferencias dividen a Morena más de lo previsto, el poder cohesiona y la presidenta Sheinbaum y los suyos cuentan con los medios y recursos para hacer valer su autoridad. El problema es la bicefalia y aquello que no puede controlarse: Estados Unidos y los cárteles. Se suma, asimismo, el desgaste político del proyecto, que mina la eficacia del clientelismo electoral sustentado en los programas sociales. También hacen falta operadores.

De no ocurrir un problema mayor derivado de la embestida judicial de Estados Unidos, todo indica que Morena seguirá siendo la primera fuerza, pero sufrirá derrotas sensibles en varios estados y en la Ciudad de México, mientras la coalición reducirá su fuerza legislativa. El saldo será que Morena comenzará a ser percibida como el PRI de 1997: falible, que puede ser derrotado.