Los resultados de la prueba PISA deberían encender todas las alarmas en México.
Ante los datos sobre comprensión lectora y matemáticas, la presidenta Claudia Sheinbaum ha señalado que existe una caída a nivel mundial y que México no es el único país que enfrenta este problema.
Es cierto.
Pero que otros países hayan retrocedido no significa que nosotros podamos normalizar nuestros malos resultados.
Porque el problema de fondo sigue ahí: nuestros estudiantes tienen serias deficiencias para comprender lo que leen y para resolver problemas matemáticos.
Y frente a ese panorama hay otra discusión que resulta inevitable: ¿qué lugar ocupa hoy el mérito académico?
La propia presidenta ha cuestionado el modelo de becas basado en calificaciones, argumentando que distinguir entre estudiantes por su promedio podía terminar minimizando o discriminando a quienes no recibían ese apoyo.
La intención de garantizar que ningún estudiante abandone la escuela por falta de recursos es correcta.
Pero igualdad de oportunidades no debería significar borrar el mérito.
Porque también resulta injusto para el estudiante que dedica horas a estudiar, que se esfuerza, que obtiene buenas calificaciones y busca la excelencia, que ese esfuerzo no tenga ningún reconocimiento adicional.
No se trata de quitarle la beca a quien la necesita.
Se trata de entender que una política educativa puede hacer las dos cosas: apoyar a todos y premiar a quienes se esfuerzan y destacan.
Porque entregar dinero puede combatir una carencia económica, pero no necesariamente mejora el aprendizaje.
Y ahí está PISA para recordárnoslo.
Si nuestros jóvenes están retrocediendo en lectura y matemáticas, la respuesta no puede limitarse a señalar que el fenómeno ocurre también en otros países.
México necesita reconocer la dimensión de su problema educativo, recuperar la exigencia académica y volver a colocar el aprendizaje y el mérito en el centro.
Porque quizá la verdadera discriminación sea convencer a nuestros jóvenes de que esforzarse más ya no hace ninguna diferencia.
Y una educación que deja de premiar el esfuerzo, mientras se acostumbra a los malos resultados, no está avanzando: está retrocediendo.

