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Indicador Político

por Carlos Ramírez
23-08-2022

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A tres y medio años de haber terminado su ciclo gubernamental como funcionario priista en el Gobierno de Enrique Peña Nieto como secretario de Educación Pública, el académico y vocero presidencial de Carlos Salinas de Gortari (1988-1992), Otto Granados Roldán, decidió publicar sus memorias para, ante todo, ajustar cuentas consigo mismo.


El libro Viaje a la memoria. un recuento personal aparece bajo el sello de la editorial Cal y Arena, pero lleva también el apoyo nada menos que del Gobierno panista de Aguascalientes, lo que aporta el primer indicio del maridaje entre el PRI y el PAN: Granados fue designado por dedazo por el presidente Salinas de Gortari 1992 para ser el gobernador de Aguascalientes, pero los resultados de su gestión y la crisis del PRI con Salinas y Zedillo permitieron la entrega de esa plaza de profunda raigambre priista al PAN en 1992.


Las memorias de Granados tendrían poca lectura política en tanto que no aportan nada de lo ocurrido tras bambalinas en el salinismo y el zedillismo, debido sobre todo a que su autor ajusta cuentas de sus rencores y protege la información secreta de la crisis del priismo con Salinas y Zedillo, sin dejar de exhibir su perfil salinista.


Encargado de la comunicación social en el salinismo --aunque con Salinas como su propio y muy eficaz jefe de prensa--, Granados no supo construir la política de comunicación del proyecto salinista, y en su libro refleja esa deficiencia, aunque le dedica una página a uno de sus peores ajustes de cuentas con quienes tuvo batallas perdidas. El propio autor reconoce su falta de reconocimiento profesional cuando se encontró con una cauda de críticas en los medios de comunicación cuando el presidente Zedillo lo designó como embajador de México en Chile. Y aunque habla de una campaña orquestada, lo que no entendió Granados fue que la crítica reflejó el mal estado de ánimo que siempre tuvo con los medios.


Eso sí, hace un ajuste de cuentas --quizá la parte más chismosa y atractiva del libro-- con Javier Solórzano y sobre todo con Carmen Aristegui. Para Granados, el orquestador de la campaña en su contra para desbarrancarlo de la embajada fue Pedro Ferriz de Con, quién usó “al bobalicón de Solórzano y cayó en la tierra fértil de La Jornada, dirigida por Carmen Lira desde 1996. Presumo que a unos y otros mi nombramiento les cayó como patada en el estómago. En el caso de los primeros por el odio declarado y constante que profesaban y, en el otro, porque algunos de sus editores eran simpatizantes de la izquierda chilena que vivía exiliada o que se quedó en México, les parecía inadmisible que yo fuera a Santiago, su territorio simbólico. En su estalinismo, lo juzgaron un sacrilegio”.


La otra parte de su ajuste de cuentas es con Arístegui. Primero, revela que como comunicador de Salinas se dedicó a corromper a la prensa: “fueron muy cooperativos, hacían normalmente lo que se les pedía y eran dóciles y serviciales, aunque in péctore fueron acumulando agravios porque no se les daba el trato --cualquier cosa que eso signifique-- que creían merecer”.


Y agrega: “tal envenenamiento, sin embargo, contaminó a otros como el propio Solórzano o Carmen Aristegui, la cual había sido mi empleada en la Secretaría de Información y Propaganda del PRI durante la campaña de Salinas, para luego, con mi autorización expresa, ser contratada por José Antonio Álvarez Lima en Imevisión, la televisora del gobierno, para conducir transmisiones oficiales como los informes presidenciales, entre otras cosas. Era una colaboradora sin duda diligente, disciplinada y obediente en las tareas del área de propaganda del PRI, encabezada por un recomendado de Álvarez Lima. Fue una pena que, a media campaña y por presunto problema de opacidad y de excesos presupuestales, tuviéramos que despedir al equipo de ese departamento”.


El contenido del libro probablemente no dejará satisfecho su autor, porque el anuncia como un viaje a la memoria y termina como un recuento personal. Extraña, eso sí, que el libro haya sido recomendado por instancias que debieran ser más estrictas en la acreditación de su nombre y cargo: por ejemplo, la escritora Silvia Molina, de la Academia Mexicana de la Lengua, dice, por amistad, que la obra “parece una novela entrañable, un relato que se lee con avidez acerca de los apasionados entresijos del poder y la política en México”, pero en realidad es un libro de resentimientos y ocultamientos y nada lo hace parecer novela.


Nada dice de Salinas, no explica el asesinato de Colosio y menos analiza su tiempo político.