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Jalisco: agua para vivir, represión para exigirla

por Kiky
25-10-2026

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Cuando exigir un derecho se convierte en motivo de detención

Hay algo profundamente contradictorio en un gobierno que no consigue garantizar agua limpia para sus habitantes, pero sí encuentra los recursos, los elementos y la capacidad operativa para enfrentar a quienes salen a exigirla. Eso es precisamente lo que ha quedado al descubierto en Jalisco, donde la crisis del suministro de agua potable dejó de ser exclusivamente un problema de infraestructura para convertirse también en un conflicto político y de derechos humanos.

Durante meses, habitantes de la Zona Metropolitana de Guadalajara denunciaron que el agua que llegaba a sus hogares presentaba coloraciones oscuras, olores desagradables y sedimentos. Lo que debería constituir uno de los servicios públicos más elementales comenzó a representar una preocupación sanitaria y económica para miles de familias, obligadas a buscar alternativas para realizar actividades tan cotidianas como cocinar, bañarse o lavar sus pertenencias.

La inconformidad no surgió de la noche a la mañana. Las denuncias se acumularon durante 2026, mientras las respuestas institucionales parecían insuficientes frente a la magnitud del problema. Finalmente, el 11 de octubre, miles de ciudadanos salieron a las calles de Guadalajara para exigir algo que, en teoría, nunca tendría que ser objeto de negociación: agua limpia.

Sin embargo, aquella movilización terminó con enfrentamientos, personas lesionadas y 39 detenciones. Las imágenes y testimonios difundidos posteriormente dieron cuenta de presuntas agresiones policiales, uso de gases y chorros de agua, así como detenciones cuya legalidad fue cuestionada por organizaciones defensoras de derechos humanos.

Resulta difícil ignorar la ironía: mientras miles de familias denunciaban no recibir agua en condiciones adecuadas, el Estado utilizaba agua como parte de los mecanismos de dispersión de la protesta.

Cuando la autoridad se convierte en parte del problema

La actuación de las fuerzas de seguridad abrió una discusión que trasciende la crisis hídrica. El gobernador Pablo Lemus sostuvo que durante la manifestación participaron grupos violentos que agredieron a elementos policiales. También reconoció posibles excesos y ordenó revisar las detenciones.

Es importante señalar que hubo reportes de policías lesionados y daños materiales, hechos que también deben investigarse. Sin embargo, la existencia de enfrentamientos no constituye una autorización para ejercer violencia indiscriminada contra manifestantes, periodistas o personas ajenas a los disturbios.

El Estado tiene la obligación de preservar el orden público, pero también de garantizar que las personas puedan ejercer sus derechos sin temor a represalias.

Entre los casos que adquirieron relevancia se encuentra el de Samuel Morales Navarro, repartidor de 24 años, cuya detención fue documentada en videos. De acuerdo con testimonios de sus familiares, el joven se encontraba trabajando cuando fue interceptado por elementos policiales. Su caso, junto con el de otros cinco ciudadanos, derivó en una vinculación a proceso, aunque pudieron continuar su procedimiento en libertad.

La preocupación no terminó con las liberaciones. Organizaciones como el Centro de Justicia para la Paz y el Desarrollo (CEPAD) advirtieron sobre periodos durante los cuales se desconoció el paradero de algunas personas detenidas, circunstancia que podría constituir una desaparición forzada de corta duración y que merece una investigación independiente.

La distinción es fundamental: recuperar la libertad no significa necesariamente que se hayan esclarecido las circunstancias de una detención, ni que desaparezcan las posibles responsabilidades de quienes participaron en ella.

El 18 de octubre, una segunda movilización reunió nuevamente a miles de ciudadanos. Las exigencias ya no se limitaron al suministro de agua limpia. También aparecieron consignas que reclamaban la salida de Lemus y cuestionaban directamente la legitimidad de la respuesta gubernamental. La jornada concluyó con nuevos incidentes y diez detenciones reportadas por las autoridades.

Así, una problemática que pudo abordarse mediante transparencia, diálogo y soluciones oportunas terminó convirtiéndose en una crisis de confianza institucional.

El plan de Lemus frente a la intervención federal

En medio del descontento, el gobierno de Pablo Lemus presentó una estrategia que incluía la suspensión temporal de determinadas fuentes de abastecimiento, la implementación de tandeos y la construcción de un acueducto sustituto Chapala-Guadalajara.

La propuesta contemplaba obras de infraestructura y mecanismos de financiamiento que provocaron cuestionamientos sobre un posible endeudamiento y la participación privada en el sistema de agua.

Pero el escenario cambió cuando la presidenta Claudia Sheinbaum anunció, el 21 de octubre, que el Gobierno federal aportaría recursos para atender la crisis hídrica de Guadalajara, incluyendo una inversión estimada de entre 12 mil y 13 mil millones de pesos para infraestructura de potabilización.

Con ello, el esquema financiero originalmente planteado por Lemus perdió centralidad frente a una alternativa con participación federal que busca evitar el endeudamiento y la privatización del servicio.

La pregunta resulta inevitable: ¿por qué fue necesario que la inconformidad ciudadana alcanzara semejante dimensión para que comenzaran a perfilarse alternativas de solución?

También cabe preguntarse qué habría ocurrido si, desde las primeras denuncias, las autoridades estatales hubieran otorgado a la calidad del agua la misma atención que posteriormente dedicaron a contener las manifestaciones.

La intervención federal representa una oportunidad para atender las deficiencias estructurales del sistema de abastecimiento. No obstante, los anuncios de inversión no deben confundirse con resultados inmediatos. La verdadera solución llegará cuando las familias puedan abrir sus llaves y recibir agua segura, sin depender de comunicados, promesas o disputas entre administraciones.

El agua no es un favor, es un derecho

Conviene recordar algo que parece perderse entre los discursos oficiales: garantizar el acceso al agua no constituye un acto de generosidad gubernamental.

El artículo 4.º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos reconoce el derecho de toda persona al acceso, disposición y saneamiento de agua para consumo personal y doméstico en forma suficiente, salubre, aceptable y asequible.

Por lo tanto, cuando el Gobierno federal anuncia que destinará recursos para resolver la crisis de Guadalajara, no está concediendo un privilegio a sus habitantes. Está participando en el cumplimiento de una obligación constitucional.

Lo mismo ocurre con las autoridades estatales y municipales. Administrar los recursos públicos, garantizar los servicios esenciales y proteger los derechos de la población no son concesiones personales de quienes ocupan temporalmente un cargo de elección popular.

Son responsabilidades inherentes al ejercicio del poder.

Por eso resulta preocupante que las soluciones a problemas fundamentales sean presentadas, en ocasiones, como victorias políticas de una administración sobre otra. El acceso al agua no debería convertirse en una competencia entre gobiernos, mucho menos en una herramienta para obtener reconocimiento electoral.

La ciudadanía no tiene por qué agradecer que se respeten sus derechos. Tiene, en cambio, toda la legitimidad para exigir que se cumplan.

El costo de olvidar a las personas

Lo ocurrido en Jalisco también obliga a reflexionar sobre la distancia que puede existir entre las prioridades gubernamentales y las necesidades cotidianas de la población.

Mientras las autoridades discutían proyectos, financiamiento, infraestructura y responsabilidades heredadas, miles de personas enfrentaban una pregunta mucho más sencilla: ¿es segura el agua que llega a mi casa?

Y cuando decidieron llevar esa pregunta a las calles, algunas terminaron enfrentando procesos penales.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos inició investigaciones por las denuncias relacionadas con la actuación policial, mientras el Gobierno federal solicitó esclarecer los hechos y determinar posibles responsabilidades.

El desenlace de esas investigaciones será importante no solamente para las personas directamente afectadas, sino también para establecer qué límites deben respetar las instituciones encargadas de garantizar la seguridad pública.

Porque una democracia no se mide exclusivamente por su capacidad para organizar elecciones o inaugurar obras. También se mide por la manera en que responde cuando sus ciudadanos cuestionan a quienes gobiernan.

Un Estado que escucha las demandas sociales puede corregir sus decisiones. Uno que responde mediante la intimidación corre el riesgo de convertir la inconformidad en desconfianza y la desconfianza en una crisis de legitimidad.

El gobierno de Pablo Lemus todavía tiene la responsabilidad de demostrar que puede atender las necesidades de la población sin criminalizar su descontento. La Federación, por su parte, deberá traducir sus compromisos financieros en obras verificables y resultados concretos.

Pero ninguna inversión podrá sustituir la obligación de esclarecer las detenciones, investigar las denuncias de violencia y garantizar que hechos semejantes no vuelvan a repetirse.

Al final, los habitantes de Guadalajara no salieron a las calles para pedir un favor. Salieron para exigir un derecho que debió estar garantizado desde el principio.

Y esa es quizá la contradicción más importante de toda esta historia: en un país donde el acceso al agua está reconocido constitucionalmente, todavía hay ciudadanos que deben manifestarse para conseguirla y que, al hacerlo, terminan arriesgando su libertad.

El agua es un derecho. La protesta también. Y ningún gobierno debería necesitar que se lo recuerden.


Cindy Iveth Pulido Sánchez

AEInoticias.com

Contacto: ciinvthps@gmail.com