Hoy por hoy, los gringos se llevan casi el 80% (77.3%) de las inversiones automotrices de toda América del Norte, concentran casi 350,000 millones de dólares de recursos anunciados entre el 2018 y el 2025, de los cuales México se lleva 12.3% y Canadá, 10.4 por ciento y, con todo ello, como diría mi abuela, “no tienen llenadera” y se les hace poco. Es decir, no se sienten satisfechos y los engulle la ambición por el dinero y el poder. Los gobiernos de Estados Unidos siempre han querido, quieren y van a querer más y eso hay que tenerlo muy claro porque detrás de su estandarte del “America Fisrt” se esconde un apetito insaciable. Los datos referidos son importantes porque la Presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, junto con nuestro negociador nacional, el Secretario de Economía, Marcelo Ebrard Casasubon, y todos los mexicanos junto con ellos entramos ya a la parte medular de la revisión del Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) en donde nuestro principal reto está en sortear de la mejor manera las complejidades de una negociación bilateral que se encuentra inscrita en el torbellino de la estrategia estadounidense que usa los aranceles como su arma estratégica para sacar el mayor provecho para su propio y exclusivo beneficio. Entender que los representantes gringos han adoptado el lema de “America First” como un principio indeclinable al que atienden literalmente y en donde no hay argumento, dato o razón suficientes que puedan hacer entender, contradecir o contravenir una “lógica” que pregona fuera de toda sensatez que son ellos los que deben salir ganadores, es indispensable y obligado para perfilar la estrategia que nos permita defender con eficacia los intereses de México y de los mexicanos y consolidar acuerdos de largo plazo que garanticen la certidumbre que demandan las grandes inversiones para generar los empleos en el volumen que necesitamos y con los ingresos a los que aspiramos para avanzar en la prosperidad compartida vista como el objetivo nacional trazado por el gobierno del Segundo Piso de la Cuarta Transformación.
Hoy en día, lo que se ha logrado es garantizar que el 85% o más de los productos que exportamos a Estados Unidos están exentos de impuestos y que son los que se encuentran en el marco del T-MEC -y no es un tema menor dado que somos el único país que vive actualmente esta circunstancia en el mundo-; sin embargo, estamos por entrar a las mesas de negociación de todo lo que impacta a la industria automotriz (acero y aluminio, primordialmente) misma que, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz (AMIA), representa el 60% de la economía nacional y es uno de los sectores más dinámicos del país al impulsar 152 ramas productivas manteniéndola como uno de los pilares de la generación de empleos, innovación tecnológica y atracción de inversiones. La industria automotriz aporta alrededor del 4.5% del Producto Interno Bruto (PIB) total de México y cerca del 20% de su PIB manufacturero. Este sector automotriz genera más de un millón de empleos directos y alrededor de 3.5 millones de empleos indirectos, impactando de manera positiva en la vida de más de 20 millones de personas; es muy relevante anotar que los trabajadores de esta industria perciben un sueldo promedio de 30 mil pesos mensuales siendo el más alto dentro del sector industrial detonando la movilidad social y propiciando la estabilidad laboral. México se ubica como el séptimo productor de vehículos y el cuarto exportador a nivel global.
Pero la pregunta es cuánto pesa el sector automotriz en Estados Unidos. Según fuentes consultadas por la United States Trade Representative (USTR) o lo que es lo mismo la Oficina Comercial de la Casa Blanca, la industria automotriz es responsable de 10.1 millones de empleos directos e indirectos en Estados Unidos (aproximadamente 4.9% del total de empleos del sector privado en los Estados Unidos). Además, la industria estima que cada empleo en un fabricante de automóviles en Estados Unidos crea, en promedio, otros 10 empleos en la cadena de suministro (por ejemplo, productores de autopartes) y en la cadena de suministro (por ejemplo, concesionarios de automóviles) en la economía estadounidense y aquí el dato relevante para nosotros “de acuerdo con un informe de la USTR, el T-MEC sigue siendo fundamental para las operaciones de la industria automotriz ya que el acceso preferencial al mercado otorgado a los vehículos y piezas originales ha ayudado a integrar la producción norteamericana, y las reglas de origen del Acuerdo han incentivado mayores inversiones, contenido y empleo en la producción automotriz norteamericana, lo que hace que el sector automotriz norteamericano sea más competitivo” dado que casi tres cuartas partes de las exportaciones estadounidenses de autopartes al mundo tienen como destino Canadá y México, y en muchos casos esas piezas regresan a Estados Unidos y se procesan o incorporan a vehículos terminados.
Es decir que tenemos una interdependencia brutal que debemos explotar y maximizar en las negociaciones con los gringos dado que la industria automotriz aporta alrededor de 771,000 millones a 1.2 billones de dólares anuales a la economía de Estados Unidos, lo que representa cerca del 4.8% del Producto Interno Bruto (PIB) del país y el 10.8% de su producción manufacturera total. Se calcula que cada dólar invertido en la fabricación de vehículos crea más de cuatro dólares adicionales en la economía. Así como para México la industria automotriz es clave en la región de El Bajío impactando a los estados de San Luis Potosí, Guanajuato, Aguascalientes y Querétaro (también Puebla y Tlaxcala), para los Estados Unidos el sector es fundamental en los estados de Michigan, Kentucky, Tennessee, Indiana y Alabama generándose miles de empleos y cadenas de valor. A todas luces, la región de Norteamérica puede convertirse en la más grande e importante del mundo, pero si los gringos “no tienen llenadera” e insisten en la óptica de la insensatez pensando solo en ellos y no en el potencial de conjunto de la región, nosotros debemos defender nuestros intereses a capa y espada y por encima de ellos. Tengamos siempre presente una frase de Buda cuando en la que nos advierte que: “El insensato que reconoce su insensatez es un sabio. Pero un insensato que se cree sabio es, en verdad, un insensato”. Ya veremos muy pronto en cuál de los dos supuestos estamos.

