Los recientes señalamientos que rodean al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, no deberían sorprender a nadie. No porque sean ciertos, es decir, eso corresponde determinarlo a las autoridades, sino porque encajan demasiado bien en una historia que México lleva décadas intentando negar.
Sinaloa no es solo un territorio: es un símbolo. Es un espacio donde la línea entre poder político y poder criminal ha sido, por momentos, más difusa de lo que el discurso oficial admite. En ese contexto, que surjan versiones sobre reuniones, acuerdos o traiciones no rompe el molde, en cambio, parece que lo confirma.
Aquí cabe destacar que medios como Reforma, El Universal y plataformas como Código Magenta han puesto sobre la mesa declaraciones atribuidas a Ismael 'El Mayo' Zambada. Y aquí es necesario detenerse porque no se trata de tomar esas palabras como verdad absoluta, pero tampoco de descartarlas con la facilidad con la que el poder suele pedirlo. En política, lo que incomoda rara vez es irrelevante y es donde vale la pena poner especial énfasis.
La tentación de reducir todo a una "mente criminal" individual es, además de simplista, conveniente. Porque desplaza la discusión del terreno estructural al terreno personal. No es un hombre, es un sistema. No es un acto aislado, es una forma de operar que ha sobrevivido sexenios, partidos y discursos de transformación.
Y entonces aparece el otro elemento: la negación. La negación constante, firme, casi automática. ¿Es prueba de inocencia? No. ¿Es prueba de culpabilidad? Tampoco. Es, más bien, parte del guion. Desde la lógica del poder, negar no solo es defenderse: es intentar fijar la realidad antes de que alguien más lo haga.
El supuesto montaje de un asalto, descalificado por múltiples voces, y las versiones sobre una reunión donde habrían coincidido actores políticos y criminales (incluido Héctor Melesio Cuén Ojeda) no solo generan dudas: evidencian una disputa más profunda. La disputa por el relato y el poder.
Porque aquí hay algo que incomoda más que cualquier acusación: la posibilidad de que estas historias resulten creíbles para una parte importante de la sociedad. Y eso no habla solo de un gobernador, habla de una crisis de confianza.
Desde la psicología criminológica, el punto no es diagnosticar, sino entender. Figuras que operan en contextos de alto poder pueden desarrollar mecanismos de racionalización donde decisiones cuestionables se justifican como necesarias. No se trata de perversidad en el sentido clásico, sino de algo más inquietante: la capacidad de integrar lo ilegal como parte funcional del ejercicio del poder.
Ahí es donde la pregunta cambia. Ya no es "¿lo hizo o no lo hizo?". Es: ¿por qué, en México, esta pregunta siempre parece plausible?
¿Qué podemos decir de Rocha Moya?
El actuar público del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, ha estado marcado en los últimos meses por una constante: la necesidad de responder a señalamientos que, independientemente de su veracidad, han logrado instalarse en la conversación pública. En este contexto, más que emitir juicios definitivos, resulta pertinente observar patrones en su conducta política y en cómo parece cotidiano su intento de gestión de la crisis.
Uno de los elementos más visibles ha sido la negación reiterada ante las versiones que lo vinculan indirectamente con actores del crimen organizado. Este tipo de respuesta no es inusual, sin embargo, su repetición constante también forma parte de una estrategia de contención que busca delimitar el marco interpretativo desde el poder institucional.
A ello se suma la gestión del relato público frente a versiones contrapuestas, como aquellas que se refieren a un presunto montaje de asalto o a la existencia de encuentros entre actores políticos y criminales, donde la postura oficial ha tendido a descalificar dichas narrativas, apelando tanto a la falta de pruebas como a su carácter especulativo. Este posicionamiento no ha logrado disipar del todo la incertidumbre, porque no muestran hechos que descalifiquen las acusaciones sino que se aprovechan de la ausencia de ellos.
Otro aspecto relevante es la reacción institucional. Más allá del discurso, el peso de la respuesta recae en la capacidad del gobierno para promover o facilitar investigaciones claras, transparentes y verificables. En contextos como el sinaloense, donde la desconfianza institucional tiene antecedentes, la ausencia de definiciones contundentes puede interpretarse desde la opinión pública como insuficiencia.
Desde una lectura de psicología criminológica, estas conductas pueden entenderse dentro de patrones más amplios asociados al ejercicio del poder en contextos complejos: control del discurso, racionalización de decisiones y manejo estratégico de la información. No se trata de atribuir intencionalidades delictivas, sino de reconocer cómo ciertos comportamientos se vuelven recurrentes cuando lo que está en juego no es solo la verdad de los hechos, sino la estabilidad de una posición política.
En este sentido, el análisis de Rubén Rocha Moya no puede reducirse a la dicotomía entre culpabilidad o inocencia. Su conducta, más bien, se inscribe en una lógica donde la política no solo administra realidades, sino también percepciones. Y en esa arena, sostener una narrativa puede ser tan determinante como esclarecer los hechos.
Conclusiones Preliminares
En el marco de las acusaciones a la gobernadora Maru Campos, cabe destacar algo que muchos ignoran. No se trata de desacreditar la gravedad de lo cometido por ella, mencionando que “lo de Rocha Moya es más grave”, ambas cosas son terribles. En cambio, sí se trata de mantenerse en perspectiva en ambos casos.
Mientras no existan investigaciones concluyentes, todo seguirá en el terreno de las versiones. Pero las versiones, cuando se repiten, cuando encuentran eco, cuando se insertan en una historia conocida, dejan de ser puro ruido y más bien se convierten en el sonido de un síntoma.
Y recordemos que en política, los síntomas no se ignoran, se encubren o se enfrentan.
Porque cuando la sospecha se vuelve costumbre, ya no estamos frente a un escándalo: estamos frente a un sistema.
Y los sistemas no caen por lo que se dice de ellos...
caen cuando ya no pueden ejercer el poder y el control que en una primera instancia los llevó ahí.
Cindy Pulido

