Los Tocables
Esto es solo el principio…
Por Héctor Guerrero
Rubén Rocha Moya pidió licencia. La escena, presentada por Morena como un acto de “responsabilidad política”, en realidad tuvo el aroma inconfundible de las evacuaciones de emergencia.
El gobernador sinaloense abandonó temporalmente el cargo mientras desde Washington seguían cayendo expedientes, declaraciones y advertencias que colocan al obradorismo frente a la crisis más severa de su historia.
Durante años el movimiento gobernante construyó una narrativa moral casi religiosa. La Cuarta Transformación llegó al poder proclamándose distinta a todos los anteriores: incorruptible, cercana al pueblo, enemiga de las mafias del poder. Hoy enfrenta acusaciones que lo colocan en el centro mismo de una presunta red de protección política al narcotráfico.
La gravedad del momento quedó resumida en una frase pronunciada por el fiscal general adjunto de Estados Unidos: “Esto apenas comienza”. En diplomacia esa expresión significa algo muy preciso: ya existen más carpetas abiertas, más nombres bajo investigación y más piezas listas para caer.
La licencia de Rocha Moya apareció después de ese bombazo y justo también después de la visita de la Presidenta a Palenque, así que saquen sus propias conclusiones.
Washington sostiene que operadores ligados a Los Chapitos participaron en operaciones de respaldo territorial y financiero para fortalecer políticamente al gobernador sinaloense. El expediente incluye testimonios de testigos protegidos, cruces financieros y reportes de inteligencia. La Casa Blanca dejó de hablar de cárteles aislados; ahora habla de estructuras políticas contaminadas.
La tragedia para Morena consiste en que el caso encaja demasiado bien con la realidad acumulada durante los últimos años.
“Abrazos, no balazos”, repitió López Obrador hasta el cansancio. La frase nació como consigna pacifista y terminó convertida en epitafio político. Mientras el gobierno abrazaba, los cárteles ocuparon territorios completos, capturaron alcaldías, infiltraron policías, controlaron aduanas y extendieron economías criminales con una tranquilidad que habría resultado impensable en sexenios anteriores.
México vivió escenas surrealistas. En Badiraguato, tierra histórica del Cártel de Sinaloa, el presidente acudía con una frecuencia casi ceremonial. Saludaba a la madre de Joaquín Guzmán Loera en plena carretera y justificaba el gesto diciendo: “Ya una mujer de 92 años merece todo mi respeto”. El país entero observaba cómo el jefe del Estado mexicano parecía más incómodo frente a periodistas críticos que frente a familias ligadas al narcotráfico.
Después llegó el “culiacanazo”. Ovidio Guzmán fue capturado y liberado el mismo día porque, según explicó el presidente, “se tomó la decisión de proteger la vida de las personas”. La frase quedó registrada para la historia política mexicana como confesión involuntaria de debilidad estatal.
Años más tarde apareció la captura de Ismael “El Mayo” Zambada y el derrumbe terminó de acelerarse.
El asesinato del principal opositor político de Rocha Moya ocurrió en medio de ese clima explosivo. Las autoridades difundieron inicialmente la versión de un asalto. Horas después circularon videos donde se apreciaba una ejecución directa, precisa, quirúrgica. Un sicario acercándose sin prisa, disparando de manera frontal y retirándose con absoluta calma. El relato oficial quedó convertido en cenizas digitales.
La respuesta gubernamental fue todavía más reveladora. Morena cerró filas. Legisladores oficialistas denunciaron “campañas de desprestigio”. La presidenta afirmó que “no existen pruebas concluyentes” contra Rocha Moya. El viejo reflejo priista reapareció intacto: primero negar, después victimizarse y finalmente acusar conspiraciones extranjeras.
El problema para Palacio Nacional consiste en que la presión ahora proviene de Washington y Donald Trump encontró en el tema un combustible político perfecto.
Trump disfruta públicamente la humillación diplomática de México. Imita la voz de la presidenta frente a auditorios republicanos y la caricaturiza diciendo: “Es muy amable… siempre tan amable”. Después viene el golpe. “Si México no hace el trabajo contra los cárteles, nosotros lo haremos”.
La frase habría parecido delirante hace apenas unos años. Hoy circula como posibilidad estratégica en el debate estadounidense.
Trump entendió algo esencial: la percepción internacional sobre México cambió. En Washington ya se habla de regiones gobernadas de facto por organizaciones criminales. Senadores republicanos utilizan términos como “narcoestado”. El caso Rocha Moya fortalece exactamente esa narrativa.
La ironía resulta devastadora para la Cuarta Transformación. El movimiento que prometía terminar con la corrupción del viejo régimen enfrenta ahora acusaciones de haber pactado con poderes criminales todavía más peligrosos. Aquellos que denunciaban fraudes electorales son señalados hoy por presunto financiamiento ilícito de campañas. Aquellos que hablaban de superioridad moral aparecen rodeados por sospechas de complicidad estructural.
La dimensión del escándalo apenas empieza a revelarse. Instituciones financieras mexicanas comenzaron auditorías internas ante el riesgo de sanciones estadounidenses. Gobernadores morenistas observan el caso Rocha con el miedo silencioso de quien sospecha que el siguiente expediente podría incluir su nombre.
Mientras tanto, la presidenta intenta sostener un equilibrio imposible. Defender a su movimiento sin enfrentarse abiertamente con Estados Unidos. Negar las acusaciones sin provocar más filtraciones desde Washington. Mantener la narrativa soberanista mientras Trump la ridiculiza públicamente frente a sus simpatizantes.
Quizá el dato más inquietante sea precisamente ese: Estados Unidos todavía habla de investigaciones. Ni siquiera ha llegado la etapa de acusaciones masivas.
Y cuando Washington pronuncia la frase “esto apenas comienza”, generalmente conviene creerle.
Tiempo al tiempo.
@hecguerrero

