Mientras el gobierno federal descarta imponer visas a ciudadanos de Estados Unidos y Canadá
bajo el argumento de no afectar el turismo y mantener una relación cordial con nuestros vecinos
del norte, vale la pena abrir una discusión incómoda, pero necesaria: ¿hasta qué punto México
está cuidando realmente su seguridad nacional?
Porque esto no se trata únicamente de cobrar por entrar al país. Se trata de tener control,
registro y trazabilidad de quién entra, cuánto tiempo permanece y bajo qué condiciones vive
dentro del territorio nacional.
Hoy miles de extranjeros viven en México durante meses o incluso años aprovechando vacíos
legales, zonas grises migratorias y una débil supervisión fiscal. Muchos generan ingresos,
consumen recursos públicos, ocupan vivienda, encarecen rentas y servicios, pero sin
necesariamente contribuir de manera proporcional al país que los recibe.
Y sí, el turismo es importante. Fundamental incluso. Pero una cosa es fomentar el turismo y otra
muy distinta es abrir la puerta sin mecanismos más estrictos de supervisión.
En países desarrollados existen controles migratorios claros, registros digitales, impuestos
turísticos, permisos temporales y sistemas que permiten identificar quién entra y quién sale.
¿Por qué México tendría que renunciar siquiera a discutir algo similar?
Además, el tema también toca puntos delicados como el turismo sexual, las redes de
explotación, el lavado de dinero y la llegada de personas que utilizan destinos mexicanos para
operar al margen de cualquier regulación. Negarlo sería ingenuo.
Y en medio de una crisis financiera, de infraestructura y de seguridad, también habría que
preguntarse: ¿por qué México no puede generar una recaudación inteligente a través de
mecanismos migratorios modernos? Recursos que podrían destinarse a salud, seguridad,
carreteras, aeropuertos o promoción turística responsable.
La soberanía no solo se defiende con discursos. También se protege sabiendo quién entra,
quién permanece y bajo qué reglas.
Porque abrirle las puertas al mundo no debería significar renunciar al orden, al control ni a los
intereses de México.
Conclusión
México necesita encontrar un equilibrio entre ser un país abierto al turismo y mantener
mecanismos responsables de control migratorio y fiscal. Hablar de regulación no es hablar de
rechazo ni de xenofobia; es hablar de soberanía, seguridad y orden institucional. Mientras otras
naciones fortalecen sus filtros de ingreso y protección interna, México no puede darse el lujo de
seguir actuando como si estos temas no representaran un desafío real. El debate no debería
centrarse únicamente en cuánto turismo llega, sino en qué tipo de país queremos construir y
bajo qué reglas queremos recibir al mundo.
Karla Pulido

